Manolo Pichardo
Especial para elCaribe
El ejercicio de la política en estos días no tiene relación con las ideas ni, en consecuencia, con programas o proyectos, pues lo colectivo ya no es materia de interés. Así, el pensamiento, que es la herramienta clave para la construcción de una formación política que -en su función de canal entre el Estado y la sociedad- debe ser fuente para la articulación de planes concretos y específicos que tracen la línea de realizaciones de presente y futuro, está ausente.
Lo que predomina es un marketing vacío de contenido. Frases tan absurdas como “la nueva política”, sin sustento científico ni referente histórico, se convierten en consignas que muchas veces se enlazan con cuestiones biológicas, que caen en lo banal y sin más soporte que la emisión que se cuela en los algoritmos que anestesian e idiotizan a masas cada vez más acríticas, menos instruidas y vulnerables. La frase corta y el video que oculta falencias son la marca de quienes inoculan sus debilidades a un público que se convierte en receptor pasivo de “mensajes sin mensaje”.
Estos solo sirven para manipular e idealizar a los nuevos esperpentos de una “nueva política” que resulta ser tan vieja como la que surgió desde que el hombre se organizó socialmente, desde mucho antes de que apareciera el Estado como forma de organización jurídico-política llamada a establecer normas para la convivencia entre los ciudadanos. En la Antigua Grecia ya Platón lo abordaba, desde una visión filosófica, al analizar la justicia y la estructura ideal del Estado en La República; y Aristóteles, en su obra La Política, definió al hombre como un animal político. Desde su condición de ser primitivo, el hombre, al actuar como producto social, hizo uso de la política para procurar el poder y gestionarlo. Por tanto, las sociedades se transforman hasta alcanzar incluso estadios civilizatorios “superiores” y la política solo se ajusta, pero es la misma: ni vieja ni nueva. En ese sentido, los que enarbolan el concepto de la “nueva política” o no saben lo que dicen o simplemente recurren a una consigna para ocultar sus insolvencias en ideas y formación.
Entonces, cuando no se tiene una formación integral y se apura el paso para ponerse al día, las lagunas se convierten en espacios inconexos que impiden armonizar lo aprendido tardíamente: conectar ideas para alcanzar propósitos. La información se acumula de manera fragmentada y este proceso accidentado moldea la psicología del individuo, que, desde esa realidad, difícilmente logrará una visión general y completa de su entorno. Por ello, cuando un individuo forjado en este ambiente se ve en la necesidad de planificar, razona desde nodos e islas que le impiden visualizar proyectos armónicos; en consecuencia, sus acciones están marcadas por la improvisación y el desorden.
Esto explica la naturaleza del gobierno del PRM (y PRD, pues comparten ADN y ¿liderazgo?); que es, como partido, una turbamulta que se traslada, siempre que asume responsabilidades públicas, al Estado. ¿Es casual que en los últimos sesenta años el ritmo de crecimiento que promedia el 5 por ciento se coloque por debajo de esa cifra cuando estos asumen el poder? ¿Es accidental el deterioro de los servicios y la incertidumbre o el conflicto social como las pobladas, quiebras de bancos, estampida de capitales y otros signos de deterioro de las instituciones que se van alternando durante sus periodos de gobierno? ¿Es simple coincidencia que durante sus administraciones el gasto de capital se reduzca e incremente el gasto corriente para financiar el populismo desde la nómina pública, creando empleos parasitarios en vez de generar riquezas para que la economía cree puestos de trabajo de manera orgánica?
El astronómico endeudamiento de la actual administración, que ha aumentado la deuda en más de 22 mil millones de dólares -cifra parecida a la acumulada por cinco presidentes en 42 años-; el incremento de las pérdidas por energía servida, que pasaron de 37.6% a 42.9%; el significativo deterioro del Metro de Santo Domingo, y todo este cuadro de improvisaciones que conduce a parches como la extensión de la segunda línea del más importante medio de transporte del país, tan espantosa y grotesca como el monstruo creado por el doctor Frankenstein: un trozo de vía férrea construido con ideas diseccionadas de una manada de ingenieros que, en apariencia, se alejó de la integridad técnica.
La falta de ideas e instrucción impide la visión estratégica, y esta ausencia explica lo que vemos, lo que palpamos y sufrimos los dominicanos. La realidad se está imponiendo a la retórica, al discurso elaborado para moldear a la opinión pública y trashumar al rebaño, en su inocencia, hacia el peligroso desierto mental donde abreva el pastor; pero ya, hasta la más tierna ovejita huele la intención de la vara.
