En más de una ocasión lo he comentado, la razón por la que dedico tiempo y esfuerzo al impacto social tiene que ver con la satisfacción personal y la inyección de energía que me genera aportar. Lo reconfirmé hace un par de días al impartir un taller a las madres y padres de los jóvenes con discapacidad visual que forman parte de la Escuela de Liderazgo y Autonomía (ELA) en la fundación.
Durante tres horas, conversamos sobre barreras, retos, miedos y formas de apoyar a adolescentes con ceguera y baja visión. La razón principal para tener esa conversación fue desmontar muchos de los mitos que existen alrededor de la crianza de personas con discapacidad visual. De un lado está la idea de que perder la vista, en cualquier circunstancia, es la tragedia más grande que le puede pasar a una persona. Esto, perdonando el lenguaje técnico es una tontería. Por supuesto, es mucho más ventajoso en términos prácticos ver que no hacerlo, pero no hay nada de trágico o digno de compasión en esto.
La segunda cuestión es que una persona con ceguera o baja visión ni es un superhéroe ni tiene facultades ultra especiales cuando hace lo que cualquier persona puede hacer, pero, sin la vista. En esos casos, solo se trata de un individuo que logró desarrollar las habilidades necesarias y acceder a las herramientas idóneas para participar en igualdad de condiciones.
La cuestión es que todas las familias de personas ciegas caen en uno de estos extremos en algún momento de la historia. Sin ir más lejos, en mi casa tuve los dos polos. Hubo quien entendió que con mi ceguera se acabó el mundo y yo bajé de la categoría de ser humano a la de mochila que habla. De otra parte, estuvo quien al ver mi recuperación y adaptación entendió que no había nada que yo no pudiera hacer y que Iron Man y Wonder Woman deben tomar clases para estar a mi nivel.
Por suerte para mí, cuando todo esto sucedió, yo ya tenía una personalidad formada, poseía la educación y accedí a los medios para asumirlo de la manera correcta. En el caso de un adolescente de nuestro país es otro cantar. Los padres y madres cuentan con todo el poder del mundo sobre una persona que, de no estimularse a desarrollar habilidades sociales y técnicas, perderá la oportunidad de vivir de manera autónoma, acorde con sus aspiraciones personales.
En el taller, uno de los padres dijo que le gustaría que la gente entendiera que su hijo solo tiene discapacidad, que no es un fenómeno. Y lo retuve, porque sucede con frecuencia que quienes tengan ceguera o baja visión sean definidas por su condición. Y esa etiqueta no es solo la de eres ciega o ciego, viene acompañada de aditivos que se convierten en barreras de participación.
Por decir un caso, hace un tiempo le hablé a la ejecutiva de una empresa financiera para recomendarle el perfil de un profesional que encajaba en un puesto que esa entidad estaba buscando. La respuesta de esa ejecutiva al saber que la persona es ciega fue: “Francina, es que en esa posición hay que trabajar mucho”.
También sucedió con un puesto de gerencia, al recibir la recomendación, quien tomaba la decisión de contratar dijo: “Es que estoy buscando alguien que pueda ayudarme de forma operativa”. En ambos casos, la excusa es la ceguera, pero, sería políticamente incorrecto decirlo, así que se diseñan respuestas de esta naturaleza.
Y ahí se justifican muchos de los temores que tienen las madres y padres. Sobre todo porque están acompañando a adolescentes que aspiran a cursar áreas de ciber seguridad, desarrollo de software, contabilidad, derecho y otras disciplinas sin saber si les servirá de algo.
Conozco una abogada que, aun cursando su segunda maestría, se cuestiona constantemente si vale la pena esforzarse tanto. Y acto seguido, redobla el esfuerzo, porque, a fin de cuentas, ese esfuerzo extra es el que le ha permitido cierto grado de movilidad social, y pasar de ser alguien categorizada como ICV2 a una persona no pobre, con vivienda propia, comodidades básicas y la libertad de permitirse un capricho para ella y sus hijas de tanto en tanto. En otras palabras, pasó a poder vivir como lo hacemos la mayoría.
Traigo esto a colación porque esas conversaciones y sus resultados consecuentes tienen que ver con el trabajo al que me dedico de forma voluntaria. Incidir, formar, gestionar oportunidades, son las labores que me sirven de terapia y mecanismo de gratitud.
Y conforme profundizo en el involucramiento, mayor es el retorno en bienestar. En tiempos como estos, en los que la salud mental cobra cada vez más relevancia, poder decir que estamos dándole sentido a nuestras vidas es esencial.
Un poco por ahí va la reflexión que hizo Víctor Frank en su libro El hombre en busca de sentido. Concluye explicando que tras todos los horrores, el sufrimiento y el maltrato vividos, la experiencia espiritual de encontrar sentido en la convivencia y la colaboración con los demás aporta mucha fortaleza mental y de espíritu.
