¡Guarda esa pantalla!

La era de las redes sociales, de la conectividad, de depender tanto de ese aparato llamado teléfono inteligente o «Smart phone» (para los que prefieren usar el idioma anglosajón y mezclarlo con el suyo), ha hecho que la mayoría de los «seres humanos» haya perdido de vista lo que antes era tan esencial y valioso: ese contacto visual que es igual a mirar el alma y poder entender en qué contexto andan las emociones de ese «alguien» que «intenta» comunicarnos algo.

Y quizás se preguntarán: ¿qué hace Adelaida Martínez R. escribiendo sobre esto cuando esta columna trata de escribir siempre sobre periodismo y gramática? Pues este fenómeno del mundo de las pantallas impacta todos los ámbitos en los que nos desenvolvemos.

Hay un impacto tan profundo en los hogares del uso y el valor que estamos dando al celular, que ya la mayoría de las familias bajo un mismo techo son seres individuales: puertas cerradas, integrantes de la familia con audífonos que no se darán cuenta si hay algún peligro o alerta porque no escuchan más que lo que transmite y emite su teléfono o cualquier dispositivo… En fin, estamos viviendo solos en compañía y lo peor es que no se está haciendo nada.

Y sobre el tema de los hogares añado, con preocupación, que en muchos casos los niños, adolescentes y jóvenes, prefieren condenarse a esas cuatro paredes conectados a desconocidos y ser parte de la nueva tribu de ermitaños que se está abriendo paso a través del mundo de las pantallas. Lo digo con preocupación, porque tengo varios sobrinos que están «en esa onda».

Veo a mucha gente que anda casi todo el tiempo cabizbaja porque tiene la mirada puesta en una pantalla y, suele ocurrir, que cuando otro ser humano los saluda… responden sin «saludar realmente» porque su cabeza está en la virtualidad.

Por no priorizar y dar demasiado valor a las pantallas, estamos perdiendo ese contacto visual y del alma de un compañero o compañera, amigo o amiga, familiar, pareja, y demás, que nos emite un «hola», pero al que no le damos tiempo a pronunciar ese «¿cómo estás?» ni lo recibe de vuelta de manera sincera. Perdemos de vista que esa interacción fugaz puede estar envuelta de una necesidad de atención o una conversación necesaria, porque hay gente que solo quiere ser escuchada.

Quiero cerrar este escrito con algo muy bonito que compartió alguien llamado Eduardo Alighieri y que dice así: «No todo momento necesita una cámara. Hay comidas, abrazos, paisajes, risas y conversaciones que pierden algo cuando se vive pensando en mostrarlos después. A veces, guardar el teléfono es la única forma de guardar bien el recuerdo».

¡Gracias por leerme!… Y hagamos algo al respecto.

Posted in OpinionesEtiquetas

Más de opiniones

Más leídas de opiniones

Las Más leídas