Infraestructura, identidad y visión de futuro

La República Dominicana posee una ventaja comparativa única en el hemisferio occidental: el béisbol no solo es un deporte, es parte de nuestra identidad nacional, un lenguaje común que conecta barrios, generaciones y sueños. Tenemos el mayor número de peloteros activos en MLB. Solo en la temporada 2025, entre 90 y 100 jugadores dominicanos formaron parte de los rosters regulares de las Grandes Ligas, de los cuales 89 iniciaron el Opening Day con puestos asegurados, una cifra que habla por sí sola.

Sin embargo, esta potencia deportiva convive con una paradoja estructural: el emblemático Estadio Quisqueya, ha cumplido ya su ciclo histórico. Inaugurado en 1955, con casi 70 años de uso ininterrumpido, el estadio muestra hoy un deterioro evidente. Las deficiencias en accesibilidad, circulación interna, áreas comunes, servicios sanitarios, seguridad son más que evidentes.

Conscientes de esta realidad, el presidente de la República, mediante el Decreto núm. 306-25, creó una comisión consultiva para evaluar la viabilidad de construir un nuevo estadio de béisbol, en terrenos propiedad del Estado ubicados en el sector Ensanche La Fe, que cumpla con los estándares técnicos, de seguridad y operatividad exigidos por las Grandes Ligas.

El turismo deportivo, se construye a partir de un ecosistema urbano integral que articule infraestructura deportiva de alto nivel, conectividad vial, transporte eficiente, servicios, oferta hotelera, entretenimiento, espacios públicos y seguridad. En ese contexto, un nuevo estadio no es un gasto, sino una infraestructura estratégica con capacidad de transformar el entorno, dinamizar la economía y proyectar al país como un destino competitivo de entretenimiento deportivo a escala internacional.

Un estadio de clase mundial permitiría activar de manera sostenida el turismo de entretenimiento, diversificar la oferta turística más allá del tradicional sol y playa, y extender la estadía de visitantes internacionales atraídos por eventos deportivos, conciertos y espectáculos de gran formato. Los efectos multiplicadores serían inmediatos y tangibles: hotelería, transporte, gastronomía, comercio y servicios se verían beneficiados de forma directa e indirecta.

En conclusión, una nueva infraestructura elevaría significativamente el nivel competitivo y organizativo de la Liga Invernal Dominicana, fortalecería la marca país y ampliaría su alcance internacional, atrayendo no solo a más fanáticos locales, sino también a público extranjero, medios especializados y promotores de eventos globales. Invertir en un play moderno no es solo construir un estadio; es apostar por una visión de país para el futuro.

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