Jimmy Rosario Bernard
Rector del Instituto Tecnológico de las Américas (ITLA)
El talento no tiene domicilio fijo. Está presente en las grandes ciudades, pero también en las comunidades rurales, los municipios fronterizos y los barrios donde muchos jóvenes tienen capacidades y sueños que no siempre encuentran oportunidades para desarrollarse. Democratizar la educación tecnológica significa, por tanto, que el lugar de nacimiento o residencia no determine el futuro de una persona.
Este propósito va más allá de ofrecer cursos gratuitos. Es necesario garantizar que cualquier estudiante pueda recibir una formación de calidad, sin importar dónde viva: contenidos actualizados, docentes vinculados con la industria, acompañamiento académico, acceso a plataformas digitales y certificaciones reconocidas por el sector tecnológico.
La igualdad de acceso exige que la calidad no dependa de la ciudad, del transporte disponible ni de la capacidad familiar para asumir gastos de traslado, materiales o alojamiento durante el proceso de formación profesional.
La diferencia entre asistir a una capacitación y estar preparado para competir profesionalmente puede ser decisiva.
Mientras una beca facilita el ingreso a un programa, una certificación de la industria valida las competencias adquiridas conforme a estándares internacionales. También fortalece el perfil de quien busca empleo, aspira a un ascenso, desea trabajar de manera remota o procura mejorar sus ingresos. Para quienes viven lejos de los principales centros económicos, ese respaldo puede ampliar significativamente sus oportunidades.
El programa que ha canalizado más de 36 000 becas desde el ITLA, con cobertura en las 31 provincias y el Distrito Nacional, demuestra que es posible extender la formación tecnológica. Las modalidades presenciales, semipresenciales y virtuales reducen el impacto de la distancia y permiten que docentes con preparación y experiencia internacional acompañen a estudiantes de comunidades alejadas, sin que estos deban abandonar su entorno.
Los beneficios alcanzan mucho más que al estudiante. Al desarrollar nuevas habilidades, conseguir empleo o mejorar su salario, una persona puede contribuir al sostenimiento de su familia, apoyar la educación de sus hermanos, iniciar un negocio o crear puestos de trabajo. Su experiencia, además, puede inspirar a otros jóvenes y convertirse en una vía de movilidad social para la comunidad.
Acercar la formación a las regiones también impulsa el desarrollo local. Cuando un joven puede capacitarse sin emigrar, el conocimiento permanece en su territorio y fortalece negocios, instituciones y emprendimientos. Si obtiene un empleo remoto, incluso puede recibir ingresos de la economía global y reinvertirlos en el municipio donde vive.
Para sostener este proceso no bastan los equipos ni la conectividad. Se requieren docentes competentes, tutoría, formación en inglés, certificaciones internacionales, alianzas con empresas y planes de estudio vinculados con las necesidades del mercado. El aprendizaje debe traducirse en empleo, emprendimiento e independencia económica.
Ninguna familia debería ver limitado el acceso a la educación tecnológica por vivir lejos de la capital o disponer de menos recursos. Si el talento está distribuido por todo el país, las oportunidades también deben estarlo.
Democratizar la educación es llevar formación pertinente y de alta calidad a cada comunidad para convertir el conocimiento en trabajo, dignidad, autonomía y progreso compartido.
