Lidia Martínez de Macarrulla
Especial para elCaribe
Durante más de diez años he dedicado una parte importante de mi vida a investigar a uno de los personajes más trascendentales de la historia de América: el cacique Enriquillo, líder de la resistencia indígena de La Española durante el siglo XVI.
Como resultado de ese prolongado trabajo nació el proyecto “Tras los restos del cacique Enriquillo”, una iniciativa concebida con el propósito de responder una pregunta que durante siglos ha permanecido sin una respuesta sustentada en evidencias: ¿dónde descansan los restos del primer gran líder indígena que logró negociar una paz con la Corona española?
Desde el inicio comprendí que la respuesta no podía buscarse excavando al azar. Era indispensable comenzar donde realmente permanece la memoria de aquellos acontecimientos: en los archivos históricos.
Durante años fueron consultados documentos conservados, principalmente, en el Archivo General de Indias, así como crónicas, cartas, procesos judiciales y otros testimonios del siglo XVI. Cada documento aportó una pieza del rompecabezas hasta permitir reconstruir los últimos años de vida de Enriquillo y formular una hipótesis histórica sobre el lugar donde probablemente había sido sepultado.
Solo después de concluir esa fase documental fue programada la investigación arqueológica en las ruinas de la antigua iglesia de Las Mercedes, en Pueblo Viejo de Azua. La excavación no surgió de una intuición ni de una búsqueda aleatoria; fue la consecuencia lógica de una hipótesis construida sobre la evidencia histórica.
Antes de iniciar las excavaciones, una prospección geofísica permitió diseñar el mapa de las anomalías del subsuelo compatibles con enterramientos. Esa información sirvió para planificar científicamente los trabajos arqueológicos y definir las áreas de intervención.
Las excavaciones confirmaron la existencia de numerosos enterramientos de gran interés histórico, abriendo una nueva etapa para el proyecto. Arqueólogos, antropólogos físicos y otros especialistas trabajaron de manera coordinada en el estudio de los hallazgos, mientras que actualmente las principales muestras se encuentran sometidas a análisis de ADN antiguo y otras técnicas de arqueometría molecular en laboratorios especializados de España y de Texas.
El proyecto demuestra que la historia documental puede convertirse en el punto de partida de investigaciones científicas de gran alcance. En este caso, fueron los documentos escritos hace casi quinientos años los que señalaron el camino que posteriormente recorrieron la arqueología, la antropología física y la genética.
Esa integración de disciplinas constituye uno de los principales aportes metodológicos de “Tras los restos del cacique Enriquillo”. No se trata únicamente de localizar unos restos humanos, sino de demostrar que la investigación histórica, cuando se desarrolla con rigor, puede orientar con éxito investigaciones arqueológicas y científicas de alta complejidad.
Como creadora de este proyecto, mi mayor satisfacción no radica únicamente en los resultados obtenidos hasta ahora, sino en haber demostrado que la historia y la ciencia no compiten entre sí: se complementan.
La historia formuló la pregunta.
Los documentos señalaron el lugar.
La arqueología verificó la hipótesis.
Y ahora la ciencia molecular tiene la responsabilidad de aportar nuevas respuestas.
Ese ha sido, desde el primer día, el verdadero espíritu del proyecto “Tras los restos del cacique Enriquillo”: demostrar que la búsqueda de nuestro pasado solo alcanza su máxima fortaleza cuando el conocimiento histórico y la ciencia trabajan juntos al servicio de la verdad.
