La leptospirosis no suele ocupar el mismo espacio público que el dengue. Quizás porque no hay un mosquito alrededor del cual construir campañas reconocibles o porque sus brotes se mezclan con lluvias, inundaciones y problemas urbanos que hemos normalizado. Sin embargo, los datos de 2026 obligan a prestarle mucha más atención de lo habitual.
El Boletín Epidemiológico Semanal 33, publicado el 3 de septiembre por la Dirección de Epidemiología, recoge 272 casos confirmados de leptospirosis y una incidencia acumulada de 3.89 casos por cada 100,000 habitantes. Hasta esa semana se habían notificado 466 casos sospechosos y 19 muertes asociadas. En el mismo período de 2025 había 115 casos confirmados y 11 fallecimientos. Dicho de otra manera, los confirmados crecieron alrededor de 137 % y las defunciones, cerca de 73%.
Antes de caer en la trampa de la alarma, debemos reconocer que, en las últimas semanas, los casos de esta enfermedad se han reducido, en comparación con el mismo período del año pasado. Lo que sucede es que, el acumulado, al ser tan superior al mismo acumulado de 2025, despierta preocupación, principalmente, por lo que revela sobre nuestra capacidad para prevenir una infección cuyo mecanismo de transmisión conocemos desde hace décadas.
La leptospirosis es causada por bacterias del género Leptospira. La infección puede ocurrir cuando una persona entra en contacto con orina de animales infectados, especialmente roedores, o con agua, suelo y lodo contaminados. Una calle inundada puede convertirse en un espacio de exposición cuando el agua se mezcla con residuos, alcantarillas, cañadas y lugares donde circulan ratas. Dicho de otra manera, cualquier persona puede contaminarse en el día a día de nuestras calles, sobre todo, si consideramos que, en los últimos cinco años, las lluvias se han convertido en un problema creciente para la ciudadanía.
Con este contexto, obviamente, la conversación se sale de los hospitales y se convierte en una cuestión de gestión urbana y política pública territorial. En Impact of Environment and Social Gradient on Leptospira Infection in Urban Slums, Ricardo B. Reis, Guilherme Ribeiro y otros investigadores encontraron en Salvador de Bahía que la cercanía a alcantarillas abiertas y depósitos de residuos elevaba el riesgo de infección. Las viviendas situadas a menos de 20 metros de esos puntos presentaban mayor exposición, mientras los propios residuos funcionaban como fuente de alimento y hábitat para roedores.
Otro trabajo, Rainfall and other meteorological factors as drivers of urban transmission of leptospirosis, de Marcelo Cunha, Federico Costa y un equipo de investigadores, analizó 14 años de datos en El Salvador. Una anomalía semanal de 20 milímetros de lluvia se asoció con un aumento de 12 % en el riesgo de leptospirosis una o dos semanas después. El estudio también encontró que la incidencia anual cayó de 8.3 a 3.0 casos por cada 100,000 habitantes durante el período analizado, independientemente de las variaciones del clima.
Eso significa que la lluvia influye, pero que no determina por sí sola el resultado.
Infraestructura, saneamiento, drenaje, recolección de residuos, control de roedores, información pública y respuesta sanitaria también juegan un rol central.
En el artículo Relación entre la gestión de residuos, la accesibilidad urbana y la calidad de vida, publicado en Unapec Verde, José Beltrán analiza cómo la acumulación de desechos puede favorecer plagas como moscas y ratas y generar barreras que terminan afectando la salud y el acceso a la ciudad. El vínculo adquiere otra dimensión cuando se observa junto a las cifras actuales de leptospirosis.
No se trata de alarmar ni de convertir septiembre en un ejercicio de mal agüero. Tampoco de presentar 19 muertes como si el país estuviera ante una epidemia declarada. Por el contrario, la idea es entender que tenemos información suficiente para actuar antes de que los números aumenten.
Hay un componente climático que debe incorporarse al análisis, principalmente porque venimos de un incremento paulatino de fenómenos hidroatmosféricos. República Dominicana lanzó en marzo su Plan Nacional de Adaptación de Salud y Cambio Climático 2025-2030, con apoyo técnico de la OPS. Entre sus medidas incluye vigilancia y alerta temprana para enfermedades sensibles a fenómenos climáticos, monitoreo de determinantes ambientales y coordinación intersectorial.
Precisamente por eso el cambio climático no puede funcionar como explicación que cierre la conversación, bajo la excusa de que “lo que pasa es que está lloviendo mucho”. Las lluvias seguirán ocurriendo y los episodios extremos continuarán formando parte del escenario nacional. El riesgo aquí es un enemigo conocido. Lo que nos queda por delante es la adaptación consistente en preparar drenajes, mejorar la gestión de residuos, intervenir focos de roedores, vigilar zonas inundables e informar a la población antes de la exposición.
La leptospirosis puede causar insuficiencia renal, hemorragias y complicaciones pulmonares. Pero gran parte de su prevención empieza mucho antes de llegar a un hospital.
En una cañada limpia, una ruta de recolección que funcione, un drenaje que no colapse y una comunidad que sabe qué Básicamente, la combinación de políticas eficientes de gestión de residuos y aseo urbano, con educación a la ciudadanía y la disposición efectiva de informaciones, pueden ser la mejor respuesta posible a infecciones como la leptospirosis.
En este caso, estamos diciendo que la accesibilidad urbana y territorial pasa por facilitar a la ciudadanía los mecanismos para protegerse contra enfermedades que tienen sus causas principales en la interacción con el entorno.
Preocuparse por una enfermedad asociada a fallas de saneamiento en pleno 2026 dice bastante sobre la agenda pendiente de nuestras ciudades. En los últimos años, hemos tenido muchos planes de innovación que buscan soluciones a problemas futuros. Sin embargo, en lo que respecta al dengue, la malaria, la leptospirosis y otras enfermedades, la cuestión pasa por instalar una cultura de gestión e información oportuna, más que por patadas voladoras.
