La mancha indeleble

Algunas manchas no se quitan, ni con productos químicos. “La mancha no se va. Está ahí, indeleble. Al contrario, me parece que a cada esfuerzo por borrarla se destaca más.” Así termina La mancha indeleble, un cuento breve y estremecedor de Juan Bosch, donde el lector no encuentra nombres, ni lugares, ni fechas.

Un hombre entra a un salón imponente y silencioso. Lo reciben vitrinas con cabezas humanas, perfectamente conservadas. Y una voz suave, sin cuerpo, le ordena entregar la suya. “Todos los que habían cruzado la puerta antes que yo habían entregado sus cabezas”, dice el narrador.

“Entregue su cabeza”, le ordena la voz. No es autoritaria, pero “llenaba todo el salón y resonaba entre las paredes”. Es una invitación —calmada pero implacable— a renunciar a sí mismo, a dejar de pensar por cuenta propia. El narrador se resiste: “No puedo despojarme de mi cabeza así como así. Deme algún tiempo para pensarlo. Comprenda que ella está llena de mis ideas, de mis recuerdos. Es el resumen de mi propia vida. Además, si me quedo sin ella, ¿con qué voy a pensar?”. A lo que responde la voz: “Aquí no tiene que pensar. Pensaremos por usted. En cuanto a sus recuerdos, no va a necesitarlos más: va a empezar una nueva vida”.

El protagonista duda, pero ya ha cruzado la puerta. Con esfuerzo logra huir, pero no salió siendo el mismo.

Durante una semana no se atreve a salir de su casa asustado. Oye la voz en cada instante, y ve “los millares de ojos sin vida y los centenares de cabezas sin cuerpo”. Al octavo día se arriesga a salir y va a un cafetucho de mala muerte, “visitado por gente extraña”. Allí, dos desconocidos se le sientan cerca. Uno lo mira con intensidad y le dice al otro: “Ese fue el que huyó después que ya estaba inscrito”.

“Yo tomaba en ese momento una taza de café. Me temblaron las manos con tanta violencia que un poco de la bebida se me derramó en la camisa. Mi mal es que no tengo otra camisa ni manera de adquirir una nueva.” Esa mancha —como la otra— no se puede quitar. Ni el miedo que lo paraliza, ni la incertidumbre frente a cualquier desconocido: “Pues en verdad ignoro si los dos hombres eran miembros o eran enemigos del Partido”.

Estimo que, para escribir esta parábola sobre el autoritarismo, Bosch tomó de las fuentes de “1984”, la gran distopía de George Orwell. En esa novela, como en el cuento, incluso el pensamiento podía ser considerado traición, para lo cual existía una Policía del Pensamiento. Sin embargo, aun en ese mundo oprobioso, había un espacio casi secreto donde podía asomarse la disidencia, aunque fuera apenas con un suspiro o una mirada. Se llamaba Café del Nogal. Tal vez ese sea, en clave dominicana, el “cafetucho de mala muerte” del cuento de Bosch.

Una parábola política, sí. Pero también un canto a la resistencia frente al absoluto. Una defensa de la conciencia y de la independencia de criterio. Una advertencia a no dejar nuestras cabezas como condición para pertenecer a ningún grupo, partido o facción.
¡He dicho!

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