Hay una tendencia preocupante de hechos de violencia en nuestro país. Sin ánimo de conspiración, los hechos apuntan a un patrón que debería movernos a reflexionar profundamente sobre la dirección que queremos seguir.
Desde hace algún tiempo, cada año hay un hecho que despierta toda la consternación de la sociedad. Y siempre trae detrás las mismas lamentaciones y los mismos reclamos. El evento más reciente fue el brutal linchamiento de Deivy Carlos Abreu en Santiago.
Algo que puede ocurrir en cualquier parte del mundo y se resuelve con una conversación, la intermediación de las autoridades o en el peor de los casos, una querella; aquí se convirtió en un hecho grosero, distópico. La ruta se lee rápido: un motorista y un camión tienen un leve choque; discuten; una trulla de motoristas lo persigue; él trata de escapar; pide ayuda a las autoridades y es asesinado en el palacio de justicia.
Esos son los hechos. La cuestión detrás es más compleja.
Primero, va siendo hora de hacerles entender a los grupos de motoconchistas lo absurdo que es su famoso eslogan “El que le da a uno, les da a todos”. Porque no es verdad y porque, ante todo, ese eslogan moviliza la violencia a niveles mayúsculos.
Este es solo el evento que sale a la luz. Pero hace poco, aquí en la capital, una mujer tuvo un impase con un motoconchista, para evitar problemas, decidió seguir su camino. Sin embargo, la trulla la persiguió y de casualidad no terminó en tragedia.
La cuestión es que, esa actitud de que todos los incidentes son una razón para la riña, moviliza la tragedia. Pero obviamente, el tema motoconchistas es más complejo que esto.
El segundo elemento (y es importante que lo desmontemos definitivamente) es decir que solo monstruos son capaces de hacer algo así. Y no, monstruos hay en Dragon Ball Z, en Depredador y en One Peace. En casos como estos, hay personas que han perdido la habilidad humana de comunicarse y discernir las dimensiones de los eventos que viven.
Y aquí entra también el grupo de policías que desatendieron a Deivy. En nuestro país, los dominicanos le tenemos miedo a la policía, donde vemos un agente preferimos cambiar de acera porque asociamos su presencia a una amenaza.
Y esa idea tiene que ver con hechos como este. Deivy fue a un cuartel, pidió la intervención de la policía y los agentes decidieron dejarlo a su suerte. Visto desde un punto de vista objetivo, ellos fueron los verdaderos homicidas.
El tercer punto trasciende a Deivy. Alcanza los típicos hechos que vemos cada año, como parte de la tendencia que señalé al inicio de este artículo. Venimos del caso de la joven asesinada en una zona franca, el matrimonio ejecutado por la policía nacional, la arquitecta fallecida tras un asalto y otros tantos acontecimientos terribles. Y en cada caso, decimos que es indignante. Las autoridades se lamentan, dan golpes sobre una mesa y esperamos la próxima noticia.
La ministra de Interior y Policía dijo algo bastante relevante. Indicó que nuestro problema es profundo y que requiere que nos planteemos hacia dónde queremos ir como país y que tomemos las medidas adecuadas. Y no puede tener más razón.
Estamos ante la prueba de que, si bien es importante invertir en carreras STEM y tecnología, también es fundamental invertir en humanidades. La educación actual es utilitaria, pero poco útil para la vida en común. Esto es más claro, si se considera que la mayoría de las muertes violentas de nuestro país suceden por problemas de convivencia.
Por lo pronto, Deivy Carlos Abreu es la víctima de esta semana. Lo único que podemos esperar es que su familia encuentre los medios para entender que la ciudad le falló, que las autoridades le fallaron y que nadie estuvo ahí para defender y preservar la vida de un hombre que estaba trabajando.
