Durante la Segunda Guerra Mundial el 6 de enero de 1941, el presidente estadounidense Roosevelt pronunció un histórico discurso que caló en la conciencia norteamericana, al infundirle un objetivo común: La paz mundial. Es increíble como esa alocución titulada “Las cuatro libertades” (Four Freedoms Speech) que no excedió los 40 minutos mantiene su vigencia aun pasadas las circunstancias que la justificaron, para convertirse 7 años después en el pilar de la Declaración de los Derechos Humanos y en fundamento de la ONU. Estos son: la libertad de expresión, la libertad de culto, la libertad de vivir sin miseria o de una vida mejor y la libertad de vivir sin miedo.
A la primera se le reconoce como el derecho de todo individuo de hablar, expresarse y opinar con entera libertad en cualquier espacio. Es el que quieren hacer desaparecer los regímenes absolutistas para sofocar la disidencia y del que se ampara un buen número de ciudadanos para afectar honras y prestigio ajenos con relativa impunidad. La segunda, manifestada en el derecho que tiene cada uno de practicar una religión y alabar según sus propias creencias, a veces sirve para enriquecerse utilizando la fe para actuar como falsos redentores en la tierra. Si bien las guerras por esa causa no son tan frecuentes como antaño, esa facultad se ha convertido en el mejor pretexto para algunos alcanzar altos niveles que los hacen parecerse, más a un Judas de la modernidad, que a los restantes discípulos.
La tercera constituye en estos tiempos, no solo una prerrogativa, sino un privilegio: el de una existencia económicamente segura como manifestación de una vida digna y sin carencias. Sin embargo, en pos de este derecho se han cometido muchos abusos, bien para regodearse en la pobreza y conseguir lealtades debido a esas necesidades, bien para querer salir de ella por cualquier medio, aun ilícito.
La cuarta consiste en la libertad de vivir sin miedo a través de la reducción de armamentos, y que las naciones respeten sus soberanías sin agresiones entre ellas, se ha convertido en una sátira, tras las luchas de las grandes potencias por imponer su poder económico y político que ha obligado a las demás en alinearse -a favor o en contra- pero nunca fuera. Ese respeto a la propia identidad, a la elección de una forma de vida sin ser discriminado y a la tranquilidad de no ser juzgado por ser diferente, continúa siendo una asignatura pendiente a 85 años de distancia de aquel discurso que, aunque pronunciado en un contexto bélico, sigue constituyendo un referente de convivencia pacífica y que, aun al paso de los años, la humanidad no acaba de entender.
