Los “outsiders” que ya eran políticos

Se ha puesto de moda decir que los influencers están entrando en política. Lo curioso es que varios llevan años metidos en ella: solo les faltaban la boleta, el color y, por supuesto, ser oficializado por la autoridad electoral.

Las elecciones legislativas de Colombia, celebradas en marzo, dejaron una escena interesante. Walter Rodríguez, “Wally”, llegó al Senado; también Luis Carlos Rúa, el “Elefante Blanco”, conocido por denunciar obras públicas inconclusas. Laura Daniela Beltrán, “Lalis”, fue elegida representante por Bogotá. Los tres habían construido reconocimiento desde las redes antes de ocupar una curul.

Podría pensarse que pasaron de internet a la política. Pero hay un problema con esa explicación: ya estaban haciendo política. Wally comentaba gobiernos y partidos; Lalis defendía un proyecto político; y el Elefante Blanco convirtió la fiscalización de las obras públicas en un expediente abierto, servido por entregas.

Hacer política no consiste únicamente en pedir votos. También supone seleccionar los problemas sobre los que discutimos, señalar responsabilidades y disputar la interpretación de lo público. Aunque tampoco conviene imaginar a estos creadores como ciudadanos llegados de una isla deshabitada: algunos ya tenían vínculos partidarios. De hecho, las organizaciones políticas siguieron siendo decisivas para su elección.

Bernard Manin describió en “Los principios del gobierno representativo” la “democracia de audiencia”: una modalidad de representación en que la personalidad del candidato gana terreno frente a la identificación partidaria. Las redes no inventaron esa transformación, pero la profundizaron. Antes se construía una audiencia para llevarle un candidato; ahora se busca un candidato que ya tenga audiencia.

Y ahí aparece una confusión. Una audiencia es una comunidad de atención; la ciudadanía, una comunidad de derechos. A la primera se le pide que mire, comente y comparta; a la segunda se le deben representación, explicaciones y decisiones que afectan incluso a quienes no aplauden.

La prueba electoral tampoco resultó igual para todos. Felipe Saruma y Rawdy Reales, populares en internet, no consiguieron curules. Una multitud puede ver los videos de alguien y descubrir, el día de las elecciones, que tenía otros planes. Un seguidor no siempre es un simpatizante; mucho menos un elector.

En República Dominicana, Santiago Matías ha promovido Dominicanos Primero y solicitado su registro ante la Junta Central Electoral. Sin equiparar trayectorias, queda una pregunta pertinente: ¿cuánta influencia comunicacional puede traducirse en organización política? La popularidad abre puertas, pero no sustituye la construcción institucional.

Y falta la prueba más exigente. Quien sabe denunciar un problema, ¿sabe legislar sobre él? Quien domina el algoritmo, ¿domina también la negociación democrática? No son talentos incompatibles, pero tampoco equivalentes.

Estos “outsiders” no aparecieron súbitamente en la política; muchos ya participaban en sus disputas. Lo verdaderamente nuevo comienza cuando deben representar a personas que no son sus seguidores y responder por decisiones que no se pueden borrar con un clic.

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