Es inevitable en esta época del año, no desear algo, no hacer proclamas, listas de deseos de año nuevo.
De la misma manera hacemos y nos hacemos promesas.
Estamos seguros de cumplir todo aquello que prometemos y creemos con firmeza en todas las promesas que nos hacen.
Es una época en la cual el niño interior despierta en casi todas las personas.
Entonces regresa la fe, la inocencia, la confianza y es natural que toda esta mezcla de sentimientos despierte la bondad y con ella el amor.
Casi todos se plantean metas, se proponen hacer cambios, grandes y pequeños. Tratan de enmendar los errores del año que termina y llegar al nuevo lo más limpios posible, sin cargas, sin arrastrar aquellas cosas con las cuales lastimaron a otros y menos con aquellas con las que resultaron heridos.
Es más, tratan de perdonar solo para sentirse aliviados de odios y rencores.
Es también el momento para desear y esperar mejores cosas que las vividas en los 12 meses que terminan, sin importar lo mucho que se haya logrado, la meta es que el año por venir se mejore que el que se va.
Muchas veces, en este punto, algunos sienten tristeza y frustración al ver que pocas o ninguna de las metas que se propusieron las pudieron cumplir.
Se culpan por no haber hecho lo suficiente o culpan a otros por no haberles ofrecido la ayuda y el apoyo que necesitaban para completar su lista de deseos.
Por eso, sin dejar el entusiasmo de iniciar un nuevo año con pensamientos positivos, dejando atrás todo lo negativo, los malos sentimientos y los resentimientos, es mejor no esperar más allá de lo que nuestro esfuerzo y dedicación nos puede ayudar a lograr.
En la medida en la que dejemos de esperar de las personas y de la vida, sufriremos menos decepciones, seremos más felices y mayor será la felicidad, pues cada cosa que nos sea dada será recibida como un regalo o como un premio a nuestro esfuerzo.
Este año que termina solo fue un período de 12 meses, igual que el que vendrá y cada uno de nosotros está obligado a vivirlo de la mejor manera posible.
