He pasado unos días de trabajo en la Ciudad de Panamá, contemplando esa ciudad que parece haber aprendido a renacer de sí misma. La vi crecer entre torres de vidrio, puentes de acero y avenidas donde la mar entra como un invitado antiguo. Cuesta imaginar que estas calles alguna vez estuvieron bajo la sombra áspera de Manuel Noriega. Hoy el aire trae otra música: la de los barcos, la del comercio, la de una ciudad que conversa con el mundo a través de sus puertos y de su canal.
Había subido a la red algunas imágenes de mis jornadas: una reunión, en un panel organizada por la embajada dominicana en esta ciudad de grandes edificios sobre la cultura, el cine y la tecnología. Y entonces ocurrió ese prodigio que la vida reserva para cuando uno ya no lo espera. Sonó el teléfono. Era mi amigo Manuel Rene al que no veía desde hacía más de cuarenta años. Vivía allí mismo, en la ciudad donde yo andaba como extranjero. Quedamos en vernos.
Cuando apareció junto con su adorada esposa Martha, comprendí que el tiempo sólo envejece los cuerpos, nunca la amistad verdadera. Nos abrazamos como si apenas hubiéramos dejado de vernos ayer. Enseguida salieron a correr por la memoria dos niños de nueve años que seguían vivos dentro de nosotros. Él me miró sonriendo y dijo mi nombre secreto de la infancia: Popeye. Y bastó esa palabra para que regresaran las tardes de Barahona, el sol del sur, el polvo en las rodillas, las risas sin reloj, su sueño de ser piloto y los mío de ser escritor.
Nos sentamos a hablar largamente de lo que habíamos hecho en todos esos años. Me contó que había logrado lo que soñaba de muchacho: ser piloto de helicóptero, y en sus ojos brillaba todavía el muchacho que miraba el cielo como una promesa. Yo le respondí que también había terminado haciendo lo que amaba: escribir crónicas como esta, perseguir con palabras aquello que la vida deja caer para que no se pierda.
Después empezaron a desfilar los nombres de los otros amigos de la infancia: Andrés y Carlos Artuna, José Luis Terrero, Carlos Aguire Reyes, Charito, Pilar, Fefolo, Nelson, Panchitín, Antonio y Augusto Lembert, Robert, y tantos otros. Algunos siguen andando por el mundo; otros se fueron a destiempo, como si alguien hubiera cerrado demasiado pronto una puerta. Los nombramos con la gratitud con que se encienden velas.
Y mientras afuera seguía latiendo esta ciudad de canales y mareas, comprendimos que seguíamos siendo aquellos dos niños. Nos despedimos con una promesa sencilla y luminosa: volver a vernos, no dejar pasar otra vida entera, y conocer nuestras hijas, para que sepan que la amistad también puede durar más que el tiempo.
