Hoy cumplo sesenta y cuatro años. Lo escribo sin sobresalto. Durante mucho tiempo pensé que cumplir años era una especie de examen donde uno debía demostrar que había conquistado el mundo. Ahora sé que el mundo nunca estuvo esperando por mí y, curiosamente, esa certeza me ha dado una tranquilidad que no conocí cuando era joven.
Recuerdo el día en que cumplí treinta y tres. Aquella edad tenía para mí un significado especial. No sé por qué estaba convencido de que el tiempo me perseguía con demasiada prisa. Miraba el futuro con ansiedad y el pasado con impaciencia. Tenía sueños suficientes para llenar varias vidas, pero muy poca experiencia para administrarlos. Creía que casi todo era posible y que bastaba con desearlo intensamente para conseguirlo.
Venía del sur con una maleta donde cabían las ilusiones, las necesidades y una buena cantidad de ingenuidad. Como muchos jóvenes de mi generación, escuchaba a los políticos con una fe que hoy me resulta incomprensible. Les creía las promesas, repetía algunos discursos y suponía que el poder tenía vocación de servicio. La vida, que siempre termina impartiendo sus propias clases, me enseñó que la realidad acostumbra a ser menos elegante que los discursos y que la verdad casi nunca habla con un micrófono delante.
No reniego de aquel muchacho. Sería injusto hacerlo. Él cometió errores para que yo pudiera aprender. Fue testarudo, impaciente y, en ocasiones, demasiado seguro de sí mismo. También trabajó, soñó y nunca dejó de caminar. Si hoy puedo mirar hacia atrás con serenidad es porque ese joven, con todas sus equivocaciones, nunca perdió la voluntad de seguir adelante.
La mayor fortuna de mi vida no apareció en un decreto, ni en un cargo, ni en una fotografía. Llegó silenciosamente a mi casa. Mi esposa ha sido la compañera que me enseñó que el amor verdadero también consiste en resistir juntos los días difíciles. Mis hijas terminaron de ordenar mis prioridades. La primera vez que sostuve a una de ellas entre mis brazos comprendí que ya no podía vivir únicamente para mis propios sueños. Había que construir un camino mejor para quienes venían detrás.
Hoy despierto con otra mirada. Abro los ojos, doy gracias por el nuevo día y pienso en los amigos que el tiempo ha decidido conservarme. Algunos llegaron hace décadas. Otros aparecieron cuando ya creía que las grandes amistades pertenecían únicamente a la juventud. Qué equivocación. Siempre hay personas buenas esperando el momento oportuno para cruzarse en nuestro camino.
También tengo un nieto. Nadie me había advertido que los nietos enseñan una forma distinta de amar. Uno descubre que todavía puede sorprenderse, volver a jugar y emocionarse con cosas que antes parecían insignificantes. Él me ha recordado que la ternura nunca envejece.
Con los años he aprendido a no correr detrás del reloj. Prefiero caminar acompañado por mis propias convicciones. Escribo mucho. A veces el insomnio me visita y, lejos de pelear con él, aprovecho su compañía para conversar con las palabras. Las coloco, las cambio de sitio, las borro y vuelvo a escribirlas. Hay noches en que una sola frase justifica no haber dormido. Tal vez por eso nunca he considerado la escritura un oficio. Para mí ha sido una manera de respirar.
Si algo procuro conservar intacto es la costumbre de ayudar cuando puedo. Mi abuela repetía una enseñanza que todavía escucho con absoluta claridad: haz el bien sin necesidad de anunciarlo. Las buenas acciones no necesitan publicidad. Basta con que alivien la carga de alguien. Ese consejo ha envejecido mucho mejor que muchas teorías modernas sobre el éxito.
Hay cosas que todavía me duelen. Me duele la corrupción porque destruye la confianza. Me duele la mentira porque termina cansando incluso a quienes la pronuncian. Me duele el deterioro del lenguaje público, donde las palabras parecen haber perdido el pudor. Me duele encontrar personas que, a cualquier edad, todavía creen que la inteligencia consiste en engañar a los demás. Me entristecen los fanáticos de la política que cambian de discurso con la misma facilidad con que cambian de camisa. He conocido demasiados para sorprenderme.
Sin embargo, decidí hace tiempo que no cargaría rencores. Perdonar no significa olvidar lo ocurrido; significa negarse a vivir prisionero de ello. La memoria sirve para aprender, no para alimentar resentimientos. He borrado muchas ofensas porque descubrí que el peso de una mochila depende de lo que uno insiste en guardar.
Admiro la rebeldía de los jóvenes cuando nace del deseo sincero de mejorar el mundo. Cada generación tiene derecho a discutir el país que recibe. Nosotros también lo hicimos, aunque nuestras herramientas fueran distintas. La juventud de hoy vive con otra velocidad. La mía soñaba despacio, conversaba más y esperaba con paciencia cosas que ahora parecen inmediatas. Ninguna generación tiene el monopolio de la verdad. Todas dejan aciertos y todas heredan problemas.
Amo la mar. Siempre regreso a él como quien visita una conversación antigua. Amo seguir compartiendo la vida con la mujer que eligió caminar a mi lado hace cuarenta años. Amo a mis hijas, a mi nieto, a mis amigos verdaderos y hasta mis propios errores, porque todos dejaron alguna enseñanza que todavía me acompaña.
Nací en un hospital público de Barahona que todavía lleva el nombre de Jaime Mota. No elegí el lugar donde abrí los ojos por primera vez, pero sí he procurado elegir la manera de caminar desde entonces. He perdido, he ganado, me he equivocado y he vuelto a empezar más veces de las que recuerdo.
Hoy, al cumplir sesenta y cuatro años, no siento que llegue al final de nada. Siento, más bien, que sigo aprendiendo. Continúo leyendo con la misma curiosidad del muchacho que salió del sur, escribiendo con el mismo entusiasmo de quien descubre cada día una palabra nueva y agradece el privilegio de seguir vivo.
Porque, después de todo, esa ha sido mi verdadera riqueza. No el poder, ni los cargos, ni los aplausos. Mi fortuna ha consistido en amar sin mezquindad, aprender sin descanso y escribir con la esperanza de que alguna de mis palabras encuentre un lugar en la memoria de alguien. Tengo el oficio de escribir, de poeta y, sobre todo, soy un hombre profundamente agradecido con la vida, que todavía cada mañana me regala una página en blanco para volver a empezar.
