Aunque no existe evidencia documental que confirme la autoría, se atribuye a Mario Benedetti una frase según la cual en América Latina los mejores presidentes se encuentran sentados en los cafés de las ciudades. La observación, real o apócrifa, parece adquirir una vigencia singular en estos tiempos.
Basta observar los procesos electorales recientes de la región. Perú llegó a registrar más de treinta candidatos presidenciales. Costa Rica superó la veintena. Colombia reunió más de una decena de aspirantes a residir en la Casa de Nariño. Mientras tanto, en casi todos los países aparecen figuras que, desde las redes sociales, los medios de comunicación o la notoriedad pública, se consideran potenciales ocupantes de la primera magistratura.
La región no vive una abundancia de líderes; vive una escasez de instituciones capaces de seleccionarlos. Y no hablemos de la construcción de partidos políticos, que promueven liderazgos personalistas con poca capacidad de ordenar y representar las aspiraciones colectivas.
Durante gran parte del siglo XX, los partidos políticos funcionaron como espacios de formación, debate y construcción de consensos. Hoy ese modelo muestra señales evidentes de desgaste. Los partidos abandonaron su condición de fábricas de liderazgos para convertirse en administradores de candidaturas.
La arquitectura política que conocimos se erosiona. Los estrategas y asesores ceden terreno a los creadores de contenido. El objetivo ya no es construir organización, sino viralidad. Importa más emocionar que persuadir; más movilizar audiencias que formar ciudadanía.
Los presidenciables dejan de ser el resultado de trayectorias colectivas para convertirse en fenómenos de exposición pública. La figura sustituye a la estructura.
Al mismo tiempo, los partidos han ido perdiendo sus vínculos permanentes con la sociedad organizada. Los puentes con gremios, movimientos sociales, organizaciones comunitarias, sectores productivos y espacios culturales se debilitan. Las alianzas políticas son sustituidas por acuerdos electorales.
La consecuencia es visible: cada vez existen más presidenciables y menos proyectos nacionales. Más candidaturas y menos organizaciones. Más voces compitiendo por el poder y menos instituciones capaces de canalizar las demandas sociales.
La proliferación de aspirantes presidenciales evidencia la crisis de representación que atraviesan América Latina y el Caribe. Un trayecto que nuestro país hace un tiempo empezó a recorrer. Muchos de los antiguos bastiones electorales apenas sobreviven entre el romanticismo de un pasado glorioso y el oportunismo de un presente sin mayores exigencias doctrinarias.
Presidenciables cuya principal credencial es la visibilidad, con discursos pensados solo para el engagement, faltos de carisma y escasa aspiración de estadistas. Asistimos a una política sin militantes, la muestra más cruda de una crisis de la participación organizada, sustituida por respaldos eventuales transados bajo el eufemismo de “la logística”.
Tenemos muchos presidenciables porque la política dejó de organizar la sociedad y el mercado de las candidaturas pasó a ocupar su lugar. Y el nuestro quizás sea en un discreto café, con una tertulia entre iguales, esperando que de alguna mesa salte un Benedetti que nos narre o un presidente que nos salve. Tal vez.
