Esta semana tomé un taller sobre Mentoría en la era digital, al final concluí que ayudar a otros a recorrer el camino que ya hiciste, es un acto hasta de amor propio.
Arthur Rock, el inversionista que ayudó a fundar Intel y Apple, resumió alguna vez la trayectoria humana en una frase disruptiva, en un mundo obsesionado con la acumulación:
“La primera parte de tu vida, aprendes. La segunda parte, ganas. La tercera parte, devuelves.”
En las organizaciones medimos el talento por su capacidad de producir, no por su capacidad de trascender. Formamos profesionales durante años, los llevamos a los primeros dos tercios de esa fórmula (aprender, ganar) y ahí nos detenemos. No lo acompañamos a que pueda retribuir, que es el cierre sano de la vida.
La retribución, rara vez aparece en los indicadores de desempeño, en los planes de sucesión o en las conversaciones sobre liderazgo. Desde una mirada humanocéntrica, el ciclo vital no termina cuando una persona dejó de ser “productiva” (según los estándares del mercado) termina cuando deja de tener algo que transmitir, y eso ocurre mucho después. Las empresas que ignoran esta tercera fase pierden dos veces: pierden la sabiduría acumulada de quienes ya “ganaron” su lugar, y pierden la oportunidad de ofrecerle a esa generación un sentido de propósito que ningún bono ni ascenso puede replicar.
Pensemos en el mentoring, el patrocinio de nuevas generaciones, la transferencia deliberada de conocimiento antes del retiro, que son la estructura misma que sostiene la continuidad organizacional. Una empresa que no diseña espacios de retribución está, sin saberlo, desperdiciando su activo más valioso: la experiencia que no se puede comprar, solo heredar.
Hay también una dimensión personal que las organizaciones deberían tomar en serio. Quien nunca llega a la etapa de devolver (porque el sistema lo mantuvo atrapado en el ciclo de ganar indefinidamente) experimenta una forma silenciosa de vacío. El agotamiento que hoy llamamos burnout tiene, muchas veces, menos que ver con el exceso de trabajo y más con la ausencia de sentido: se trabaja para acumular, pero nunca para trascender.
Reincorporar la retribución al ciclo vital corporativo es reconocer que las personas no son solo motores de productividad, sino seres cuya realización pasa, tarde o temprano, por dar lo que recibieron. Las organizaciones que entiendan esto, y diseñen culturas donde aprender, ganar y devolver convivan como parte del mismo camino, no solo retendrán mejor talento, formarán líderes más completos, porque le habrán devuelto a las personas lo que el mercado tantas veces les quita: el derecho a cerrar el ciclo.
