Prestamos las pinceladas al constitucionalista y penalista Emilio Aquino Jiménez: Cuatro siglos separan a Sócrates y a Jesús de Nazaret, sin embargo, las coincidencias en las vidas de ambos son asombrosas, e inmortales la entereza con que enfrentaron sus juicios. Nos enseñaron que el coraje no es la ausencia de miedo, pues reafirmaron sus convicciones con estoicismo frente a sus juzgadores, sin temor enfrentaron a sus verdugos como quien conoce que tiene la razón a pesar de que le sea negada.
Sócrates condenado a tomar la cicuta por “corromper” a la juventud de Atenas, tuvo la oportunidad de escapar a la muerte con solo pedir clemencia, pero hizo todo lo contrario, enfrentó a sus verdugos, y les hizo ver su propia ignorancia. No se acobardó, aun frente a un juicio y veredicto injusto, más bien demostró con su accionar que la virtud consiste en mantenerse firme frente a la adversidad. Su muerte lo catapultó hacia el Olimpo.
Jesús de Nazaret, por su lado, enfrento acusaciones de “sedición” y “blasfemia”, al igual que Sócrates no se amilanó ante sus juzgadores, hizo una defensa pasiva, como quien sabe que alzar la voz no le otorga la razón, sino que ésta viene de haber vivido una vida honesta y dedicada a hacer el bien. Aceptó su crucifixión con valentía, aún ante Pilato que tenía el poder terrenal de liberarlo, no hizo esfuerzo alguno, no suplicó por su vida, solo enfrentó la sanción con la fuerza que otorga haber hecho lo justo.
La diferencia de los procesos de Sócrates y Jesús de Nazaret con lo que sucede en la República Dominica son abismales, es estoicismo versus cobardía. Mientras aquellos justos enfrentaron de manera pasiva y con valentía las injusticias desde el punto de vista del proceso y los hechos, los políticos dominicanos se desarticulan ante las primeras actuaciones en su contra, como si se tratara de abusos cometidos en contra de personas honestas.
Es que, con cada político señalado por caso de corrupción se puede predecir lo que sucederá: espectáculo de temor, enfermedades, victimización, persecución política y más. Pero la verdadera razón de esa triste postura es la pérdida del poder y la humillación pública.
Atacar al mensajero, el sistema de justicia, el ministerio público, la oposición política, son solos algunas de las excusas para no enfrentar su proceso. Temen a la verdad porque han vivido de la mentira. Quienes se visten de coraje mientras tienen el privilegio del poder que otorga el dinero del pueblo, se convierten en mansos corderos para no enfrentar sus responsabilidades.
A pesar de que desde la Constitución del año 2010 se han multiplicado las leyes para perseguir, procesar y sancionar los hechos que atentan contra el patrimonio público: lavado de activos, extinción de dominio, Código Penal y Código Procesal Penal, instrumentos legales enfocados en la lucha contra ese mal, la sociedad no ha tenido la oportunidad de ver una sanción ejemplar. Por tanto, no hacen falta más leyes, basta con hacer uso efectivo de las existentes. Quien la hizo, que enfrente con valor su proceso y pague con estoicismo por sus hechos.
