¿Tiene precio la libertad?

Los valores occidentales, entre los más importantes: libertad, ley y razón, no fueron regalos, sino conquistas. No pueden verse como una herencia generacional, sino como una responsabilidad, como un encargo de mantenimiento y expansión.

Esa es la clave: mantenerla y entender la responsabilidad de esta herencia. Como se diría en el hombre araña: Un gran poder conlleva una gran responsabilidad.

Las revoluciones modernas nos legaron derechos y constituciones, pero no prometieron la eternidad de éstas, ni que podrían mantenerse sin la vigilancia y concurso ciudadano. Thomas Jefferson fue claro y visionario al afirmar: “El precio de la libertad es la eterna vigilancia”. Lo que quiso decir es que no basta con proclamar derechos; hay que defenderlos contra el poder que tiende a expandirse, incluso en nombre del bien común, de la estabilidad y de la protección.

Es decir, la libertad requiere de ciudadanos que no teman cargar con responsabilidad y que estén dispuestos a defenderla.

Isaiah Berlin distinguía entre libertad negativa, la ausencia de coerción, y libertad positiva, que implica hacerse cargo de uno mismo, controlar nuestra propia vida. Una sociedad que solo pide que la dejen en paz, pero no participa, no pregunta ni cuestiona, termina viendo cómo otros llenan el vacío de poder. Pero a veces el costo es muy alto. “El árbol de la libertad debe ser refrescado de vez en cuando con la sangre de patriotas y tiranos. Es su abono natural”, escribió de nuevo Jefferson en una carta célebre fechada 1787.

Además, no podemos olvidar que el poder no se limita sin resistencia, pues de forma natural tiende a expandirse. La historia es clara: cada derecho que hoy damos por sentado, fue ganado en luchas largas y, muchas veces, sangrientas.

Hoy, en cambio, parece que nos inclinamos a canjear libertad por seguridad, y autonomía por líderes mesiánicos que decidan por nosotros.

El precio de la libertad exige una ciudadanía que sepa leer más allá de titulares, que esté atenta y no se conforme con consignas ni con el griterío de las redes. Que sepa leer, criticar y valorar hechos, no discursos. Que sepa, también, incomodar y disentir, asumiendo el costo que ello podría implicar.

Cada generación enfrenta la tentación de pensar que su tiempo es excepción y que esta vez el sacrificio no será necesario. Lo cual es un error. Los mismos impulsos que llevaron a Atenas a condenar a Sócrates a tomar la cicuta, o a Roma a nombrar dictadores perpetuos, siguen vivos. Solo el esfuerzo ciudadano consciente lo podría mantener a raya.

La libertad, parafraseando a Churchill con su famosa frase sobre la democracia, es “la peor forma de gobierno, exceptuando todas las demás”. Queda en nosotros decidir si estamos dispuestos a pagar su alto precio o si preferimos la cómoda servidumbre de quien deja que otros decidan por él.

Tiempos complejos implican decisiones firmes. En todo caso, no es lo que vale la libertad, sino lo que cuesta.
¡He dicho!

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