Muchas veces se habla de la tranquilidad como un estado ideal, algo que todos deberíamos buscar. Se asocia con paz, descanso, tiempo libre, relajación. Pero, ¿qué pasa cuando ese «estado ideal» no se siente tan ideal para todos?
Soy una persona activa. Muy activa. Y más que activa, inquieta. No hablo solo de moverme mucho físicamente, sino de tener la mente en constante movimiento. No puedo quedarme sin hacer nada. Si lo hago, mi mente empieza a llenarse de pensamientos innecesarios, negativos o simplemente inútiles. Por eso, prefiero tener una lista de tareas largas. No porque disfrute estar estresada, sino porque eso me ayuda a estar enfocada, productiva y, curiosamente, más tranquila.
Sí, para mí la tranquilidad no es estar tirada en una hamaca sin preocupaciones. Para mí, tranquilidad es tener una agenda llena y sentir que estoy cumpliendo. Es saber que mi tiempo está ocupado en cosas que tienen sentido, que aportan, que me hacen sentir útil.
Sin embargo, hay algo que no puedo ignorar: ese ritmo, cuando se vuelve excesivo, puede pasarnos factura. A veces el cuerpo dice «basta», y aparece una pausa involuntaria. Una enfermedad, una fatiga extrema, una situación que nos obliga a detenernos sin haberlo planeado.
Ahí es donde se vuelve difícil. Porque para alguien como yo, descansar no solo es complicado físicamente… es un reto mental. La mente quiere seguir, pero el cuerpo ya no. Y aparece la culpa: por no ser productiva, por “perder el tiempo”, por no estar haciendo nada.
Entonces me pregunto: ¿cómo aprender a calmar mi mente en esos momentos? ¿Cómo hacer que disfrute de la tranquilidad, sin sentir culpa?
Creo que la respuesta está en resignificar el descanso. Entender que descansar no es rendirse ni ser débil. Que parar también es avanzar. Que una mente que aprende a disfrutar del silencio también crece. Que no todo lo útil se mide en tareas cumplidas, sino también en equilibrio emocional, salud física y momentos simples.
Estoy aprendiendo, a mi ritmo, a no ver el descanso como un enemigo, sino como parte del camino. A escuchar más a mi cuerpo y a no castigarme por pausar. No es fácil, pero sé que es necesario.
Al final, lo importante no es tener la agenda llena o vacía, sino tener paz con uno mismo, sin importar el ritmo. Y eso también es tranquilidad.
