Amarilis y el poeta

Una historia de amor, raíces y espíritus en la frontera caribeña

Basilio Rodríguez Cañada
Especial para elCaribe

Capítulo 7. La protección de los espíritus
El día después del enfrentamiento amaneció extraño. El pueblo parecía suspendido en una calma tensa. No había música, ni tambores, ni banderas ondeando en el aire. Solo un silencio que dolía en los oídos.
Amarilis me llevó de la mano a casa de su abuela. Doña Ercilia nos esperaba en el portal, con un brasero encendido y ramas de albahaca en las manos. Me miró con esos ojos que parecían atravesar la piel.
—Tú ya estás marcado, muchacho. El gagá te ha visto, y también los espíritus. Si quieres sobrevivir, debes aceptar su protección.
Yo quise contestar que era poeta, no creyente, que mi fe estaba en las palabras. Pero las imágenes del machete levantado frente a mi rostro aún me quemaban la memoria. Guardé silencio.
Esa misma noche nos reunieron en una choza de madera, iluminada solo por velas. Había tambores, pero no festivos como en la procesión, sino graves, lentos, como un corazón gigantesco latiendo en la oscuridad.
Un grupo de mujeres comenzó a cantar en creole. Sus voces se entrelazaban con el humo del incienso que subía hasta el techo. Doña Ercilia tomó mi cabeza entre sus manos y me susurró palabras que no entendí.
—Papa Legba abre el camino —dijo—. Nada pasa sin su permiso.
Entonces me colocaron un collar de cuentas de colores en el cuello. Amarilis me sostuvo fuerte, como si temiera que pudiera caer. Y, en efecto, sentí que algo me empujaba hacia atrás, como una corriente invisible.
De repente, no estaba ya en la choza. O al menos, no del todo. Vi un camino de tierra roja que se extendía frente a mí. En la entrada había una figura anciana con sombrero de paja y un bastón en la mano. Su sonrisa era amplia, pero sus ojos ardían como brasas.
Quise retroceder, pero mis pies estaban clavados en el suelo. La figura levantó el bastón y lo golpeó una vez contra la tierra. El sonido fue como un trueno, y el camino se abrió ante mí.
Oí la voz de Doña Ercilia, lejana, repitiendo:
—Papa Legba ha abierto la puerta.
Abrí los ojos con un sobresalto. Estaba en el suelo de la choza, empapado en sudor. Amarilis me sostenía la cabeza en su regazo.
—Tranquilo, mi poeta —me susurraba—. Ya pasó.
Los tambores habían cesado. El silencio era espeso, como después de una tormenta. Doña Ercilia se inclinó hacia mí y me dijo:
—Ahora los espíritus saben tu nombre. No estás solo.
Yo no sabía si temblaba de miedo o de revelación.
No tardó en llegar la prueba de aquella protección. Al día siguiente, mientras caminábamos por los cañaverales, un grupo de hombres del gagá rival nos interceptó. Eran tres, armados con machetes, y sus ojos estaban llenos de resentimiento. Uno de ellos levantó el arma hacia mí.
Pero entonces el viento se levantó de golpe, con tal fuerza que las cañas se doblaron como si fueran de papel. El machete se le resbaló de las manos, cayendo al suelo. Los otros retrocedieron, desconcertados, y en ese instante vimos pasar una mariposa enorme, negra y azul, que revoloteó entre nosotros. Los hombres se persignaron y huyeron sin mirar atrás.
Yo me quedé clavado en el sitio, con la respiración entrecortada. Amarilis me miró con seriedad.
—Ahora entiendes, ¿verdad? —dijo—. No todo se explica con palabras.
Esa noche abrí mi cuaderno y escribí:

“Un viento abre el camino,
una mariposa guarda la vida.
En sus alas hay un misterio
que no cabe en la palabra,
pero que me sostiene,
me protege,
me elige.”

Cerré el cuaderno con manos temblorosas. Por primera vez, acepté que mi poesía estaba tocando un mundo más real que el mío, aunque yo lo hubiera llamado fantasía.
Y supe que no estaba escribiendo solo versos: estaba escribiendo un testimonio.
Capítulo 8. El desenlace en la frontera
Los días siguientes al ataque en los cañaverales fueron inquietos. Se hablaba en susurros de un gran enfrentamiento en la frontera con Haití. El gagá rival había jurado venganza, y nadie dudaba de que cumplirían su palabra. Amarilis estaba inquieta.
—Si vas conmigo, Alejandro, no habrá marcha atrás. Esto no es un poema ni un viaje de feria. Aquí se decide quién queda y quién se pierde.
La miré a los ojos y supe que no podía abandonarla.
—Ya no soy solo poeta —le respondí—. Soy parte de tu historia.
La procesión partió en silencio. No había música festiva ni ron circulando. Solo machetes envueltos en telas, banderas apretadas contra los cuerpos y rezos murmurados.
Cruzamos campos y cañaverales hasta llegar al río que separa las dos naciones. El agua corría oscura bajo la luz de la luna. Doña Ercilia levantó el bastón y dijo:
—Aquí se encuentran los caminos. Aquí se sabe quién tiene la fuerza.
El gagá rival nos esperaba al otro lado. Banderas verdes ondeaban, machetes brillaban como dientes de bestias. Los tambores estallaron al unísono: primero los suyos, luego los nuestros. El eco se mezclaba como un rugido de tormenta.
Y entonces todo se lanzó al caos. Hombres y mujeres corrieron unos contra otros, machetes en alto, banderas golpeando el aire. El río se agitó con los cuerpos que luchaban, las piedras resbaladizas teñidas de rojo.
Yo trataba de proteger a Amarilis, de no perderla en el torbellino, pero cada segundo parecía que una mano o un filo nos separaría.
En medio del tumulto, Doña Ercilia alzó el bastón y entonó un canto profundo. Su voz era un trueno que atravesaba la batalla.
De repente, el viento sopló con furia, levantando remolinos de polvo y agua. Entre ellos apareció la misma figura que había visto en mi visión: el anciano con sombrero de paja y bastón en la mano. Sus ojos ardían en la oscuridad, y con un golpe seco contra la tierra, todo se detuvo por un instante.
Los machetes temblaron en las manos de los hombres. Los tambores se apagaron como si un velo los hubiera cubierto. Solo quedaba el sonido del río y el canto de la vieja.
Amarilis me susurró:
—Papa Legba está aquí.
El gagá rival retrocedió. Nadie se atrevió a desafiar lo que había aparecido ante sus ojos. Se fueron lentamente, dejando el río y el campo en silencio, roto solo por los gemidos de los heridos.
Nuestro grupo quedó de pie, exhausto, pero vivo. El aire olía a hierro y a humo, pero también a alivio.
Doña Ercilia bajó el bastón y se giró hacia mí.
—Ahora lo has visto con tus propios ojos. Ya no podrás negarlo.
Yo no dije nada. No había palabras suficientes. Solo sentí la mano de Amarilis en la mía, cálida y firme.
Esa noche, sentado en la casa de la abuela, escribí mi último poema en aquel cuaderno:

“El río guarda memoria,
la frontera no separa,
sino une en sangre y canto.
Vi al guardián abrir el camino,
y supe que mi palabra
ya no era solo mía.
Soy testigo de lo invisible,
soy verso marcado por fuego.
Y en tus ojos, Amarilis,
encuentro la única verdad
que no necesita prueba.”

Cerré el cuaderno. Sabía que todo había cambiado. Mi viaje había comenzado como poeta invitado a una feria. Había terminado como hombre transformado por un amor y una fe que jamás había imaginado.
Epílogo. El eco del tambor

Regresé a España con un cuaderno lleno de versos, pero comprendí pronto que aquel libro no era mío, al menos no del todo. Cada palabra estaba impregnada de la voz de Amarilis, de los cantos de su abuela, de los tambores que aún resuenan en mis oídos cuando la noche se vuelve demasiado silenciosa.

Al llegar a Madrid, la gente me preguntaba cómo había sido la Feria Internacional del Libro. Yo respondía con frases cortas, con lugares comunes: “fue un encuentro maravilloso de culturas, un puente entre continentes”. Pero en mi interior ardía una verdad que no podía compartir del todo, porque no cabía en el discurso académico ni en las entrevistas formales.

¿Cómo explicar que vi abrirse un camino invisible en medio de un cañaveral?
¿Cómo contar que escuché a los espíritus de los ancestros detener un machete a punto de desgarrarme la vida?
¿Cómo decir que el amor me llevó más allá de la literatura, hacia un territorio donde la palabra no alcanza, pero el cuerpo y el espíritu encuentran sentido?

Guardé silencio. Pero ese silencio estaba lleno de ecos.

Amarilis decidió quedarse. Su lugar estaba allí, en el pueblo, en la voz de su abuela y en el linaje que llevaba en la sangre. No podía arrancarse de su tierra ni de sus espíritus. Yo lo entendí, aunque me doliera.

—Tú escribirás, Alejandro —me dijo la última noche—. Y yo viviré aquí lo que tú escribas.
Nos abrazamos bajo las estrellas. Y supe que aquel adiós no era definitivo, porque la memoria nos mantenía unidos.

En España, cada vez que abro el cuaderno, las páginas parecen vibrar con el ritmo de los tambores. A veces creo escuchar la voz de Doña Ercilia, recordándome que la poesía no basta si no toca la carne, si no dialoga con el misterio.

Hoy comprendo que no fui a Santo Domingo solo como invitado de una feria. Fui llamado, aunque no lo supiera. Llamado por una tierra, por un amor, por una tradición que me acogió y me probó hasta los límites de mi incredulidad.

El poeta que partió ya no existe. En su lugar, hay alguien marcado por el viento, por la mariposa negra y azul que me salvó, por el anciano de sombrero de paja que abrió el camino.

Si alguna vez estos versos llegan a publicarse, no los lean como literatura, ni como testimonio fiel de una cultura que apenas alcancé a comprender. Lean este cuaderno como lo que realmente es: la confesión de un hombre que amó y fue amado, que temió y fue protegido, que escribió no para la posteridad, sino para recordar cada día que, en algún rincón de la isla, el tambor aún late.

Porque mientras el tambor resuene, yo seguiré escribiendo.

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