Andrés L. Mateo nació en 1946, según lo que pudimos averiguar en Wikipedia, hizo sus estudios primarios en el colegio Don Bosco y el bachillerato en el liceo Juan Pablo Duarte. Entre los años 1971-77 estudió en la Universidad de La Habana, donde obtuvo una licenciatura en Literatura Hispanoamericana. Posteriormente, y en esa misma universidad, se graduó en un doctorado en Ciencias Filosóficas. Ha recibido varias distinciones, como el Premio Nacional de Novela 1981 y el Premio Nacional de Literatura 2004.
Es autor de las novelas Pisar los dedos de Dios (1979), La otra Penélope (1982), La balada de Alfonsina Bairán (1992) y El violín de la adúltera (2007), además de obras de poesía y ensayos. La obra de la que nos ocuparemos en esta columna es precisamente La balada de Alfonsina Bairán, una historia que transcurre en los años oscuros de la dictadura trujillista y finaliza en los días en que el sátrapa fue ajusticiado.
Escrita en primera persona, un narrador testigo va relatando los hechos en un tono intimista, en un lenguaje maravillosamente trabajado que en algunos pasajes se asemeja a la prosa de Valle Inclán en su Sonata de primavera y en otros al estilo con el que el poeta Leopoldo Marechal traza una mitología absolutamente argentina en su Adán Buenosayres, solo que el personaje que Andrés L. Mateo pone a narrar esta historia escribe desde una melancolía que se plantea profundos interrogantes y divaga en luminosas intuiciones con las que reconstruye, y a veces solo imagina, los contrastes de la vida de Alfonsina Bairán.
La muchacha es hija de un comerciante llamado Haffe Bairán, de origen turco, dueño de “La estrella de Oriente” y amiga de “las turquitas Sahir”, en una época en que el trujillismo ya había mostrado suficiente ferocidad como para que todo el mundo supiera a qué atenerse.
Un día llega a Santo Domingo un español de ojos azules, Alberto Cuadra González, que se instala en la casa de un tío, don Paco Cuadra, del que Alfonsina se enamora y con el que se casa y vive un matrimonio feliz, sin hijos. Su padre, que la había criado solo y que amaestraba perros, detalle que explica el final de la historia, muere al poco tiempo y Alfonsina cierra la tienda y vive del sueldo de su esposo, que se convierte en profesor de varios colegios de la capital.
“Catorce años después de la partida de los españoles; veintitrés de la tarde en que se quitó el sombrero en la dársena del río Ozama, y veintiuno de su matrimonio con Alfonsina Bairán, lo trajeron muerto, con una bala en la cabeza, en el anochecer del 16 de julio de 1958. Tenía cincuenta y dos años…” dice el narrador, y a partir de este segmento la novela cambia de ritmo, de escenario, y los personajes parecen destinados a ejecutar un plan minuciosamente diseñado por la propia Alfonsina.
Los pasajes previos describen una etapa de encierro monacal, hasta que un día Alfonsina aparece seguida por un grupo de albañiles, transforma esa casa en un cabaret, contrata un grupo de trabajadoras sexuales y se muda a la parte de atrás del negocio, donde cuatro de las chicas viven con ella, y también dos perros feroces que solo Alfonsina puede controlar con un golpe de manos.
El cabaret es frecuentado por militares y gente del régimen, entre ellos “El señor Matías”, un asesino que se destaca por su crueldad y su sadismo, un hombre que masacró a una de las prostitutas en el mismo local, una chica que era la novia o amante de Nelson Nova, el portero, que en sus alucinaciones creía verla… una noche el asesino golpea a ese hombre con tal ferocidad que nuestro joven narrador interviene y después es amonestado por la misma Alfonsina por exponerse a un tremendo peligro; el hombre pudo haberlo matado ahí mismo y nada hubiera sucedido después.
El joven conoce a un viejo abogado que frecuenta el cabaret, y a una de las muchachas, Bartolina, con la que comparte agotadoras jornadas de sexo sin amor, sin la fantasía de soñarse en pareja, solo la carne, solo la despreocupada ignorancia de no entender otra cosa que abrirse de piernas mientras él busca en ella ese pobre, frugal consuelo de compartir una cama que no promete nada, hasta que aparece en los medios la noticia que, otra vez, lo cambia todo. Mataron a Trujillo, la gente sale a las calles a llorar esa pérdida, mientras el país secreto, el país que estuvo sometido por el terror, comienza a despertar en forma de turbas feroces que recorren las casas de los esbirros, de los soplones, para ponerlos en evidencia, para castigarlos por sus delaciones y por las torturas, por las muertes de jóvenes estudiantes, por las violaciones de muchachas, por la pobreza y la miseria…
El establecimiento de Alfonsina Bairán es quemado por la multitud y el muchacho que narra consigue rescatar del fuego un diario íntimo y una vieja foto de Alfonsina junto a su Alberto, (“Me dio la impresión de que él se inclinaba en el muro y sonreía para quedarse en ella, para marcarle con fuego la memoria, para sobrevivir y hacerse verdadero en esa fotografía”) y con eso, más algunos testimonios, con intuiciones, con imaginación, reconstruye una historia que es la ejecución de una venganza que, ahora lo sabe, ha sido largamente acariciada por una mujer que decidió que se trataba de un acto de justicia superior, al que tenía derecho.
Nadie sabe por qué mataron al marido de Alfonsina Bairán, en esos tiempos bastaba que algún “calié” escuchara una opinión, un comentario y lo denunciara a los agentes del régimen, las vidas no valían nada… el narrador dice que un alumno, hijo del asesino, escuchó que Alberto dijo algo, y eso solo le costó un balazo en la cabeza…
El asesino, el mismo que Alfonsina identifica como tal, aparece en los días posteriores al ajusticiamiento, sentado en una silla, con una pistola que ni siquiera alcanzó a sacar para defenderse, muerto a dentelladas, con un ojo colgando fuera de su cuenca, con la piel desgarrada debajo de las ropas, hecho un guiñapo sangrante, definitivamente muerto, mientras que el mismo fuego que destruyó el vacío “Bar de la Turca” disipó también en humo la presencia de Alfonsina, de la que nadie sabe nada, esfumada para siempre.
La balada de Alfonsina Bairán tiene varios contrastes compuestos a propósito por su autor, un hombre que, como muchos escritores europeos que no pueden sacudirse a muchas décadas después de la segunda guerra el fantasma del nazismo, necesita volver sobre el trujillato, ese oscuro periodo de un país aplastado por una horda de sicópatas que servían a un amo y a las élites depredadoras que se lucraban de esa dictadura.
El principal contraste es la ferocidad de la venganza, la violencia que acecha, el miedo que se hace carne en los personajes, con la prosa delicadamente pulida, intimista y melancólica de la narración.
Nada es concreto en la figura de Alfonsina Bairán, todo es intuido mediante detalles, figuraciones que surgen de las anotaciones en su diario o cosas que le cuenta al narrador una de las turquitas Sahir, y la charla final que tiene con el abogado que le dice que, finalmente, tanto él como el resto de los testigos de esta historia fueron, en cierta medida, “inventados” por Alfonsina como parte del engranaje de su venganza.
“Las personas felices no tienen historia”, escribió Simone de Beauvoir en su libro La mujer rota, y esta historia extranjera de la alegría, exiliada y enajenada de la felicidad, es una obra maestra que aborda el sufrimiento, la angustia, la desolación, la soledad, reivindicados por un propósito superior, y que desata en el lector una inquietud que solo queda satisfecha cuando se termina de leer la última línea.
