Emilia Pereyra y una patria que aún gime

Aunque pudiera parecer ocioso presentar a una escritora tan reconocida como Emilia Pereyra, cabe mencionar que nació en Azua de Compostela en 1963, allí cursó la escuela primaria y el bachillerato en un colegio que regenteaban las Hermanas Carmelitas Teresas de San José, después se graduó de comunicadora social en la Universidad Autónoma de Santo Domingo y también obtuvo una maestría en periodismo digital en la Universidad del País Vasco, y ostenta otros posgrados que sería largo enumerar.
Fue también una de las fundadoras y primera presidenta de la Unión de Escritores Dominicanos (UED). Es autora de varias novelas, entre ellas El crimen verde, Cóctel con frenesí, Cenizas del querer, El grito del tambor y, en 2025, puso a circular la obra titulada Cuando gemía la patria, una novela histórica que narra la larga ocupación haitiana que comienza en 1822, cuando el general Boyer toma el poder y unifica la isla bajo el dominio de Haití, época en la que el máximo héroe de la independencia dominicana, Juan Pablo Duarte, tenía apenas nueve años.

La ocupación haitiana llena varios capítulos de la novela de Emilia Pereyra, hasta que los jóvenes dominicanos que crecieron bajo ese dominio comienzan a reaccionar a una tiranía que si bien eliminó la esclavitud, trató de sepultar por todos los medios la cultura, las tradiciones, la fe católica y llegó incluso a cerrar las universidades, para convertir a los jóvenes en soldados bajo la bandera haitiana.

En estos fragmentos el general Boyer aparece retratado por la escritora como el megalómano que era o creía ser, mientras sus esbirros, como el general Borgella, se apropiaban de haciendas, perseguían y reprimían, y hasta llegaron a apoderarse de los bienes de la Iglesia católica, mientras que también traían jóvenes de confesión protestante desde Estados Unidos, para contrarrestar la fe católica que estaba enraizada en la conciencia de los dominicanos.

En mayo de 1838, según la narración de Emilia, un joven Juan Pablo Duarte, que había ido madurando en su espíritu y en su mente un plan para formar una sociedad secreta que se dedicara a trabajar por la libertad y para poner fin a la ocupación haitiana, comienza a dar sus primeros pasos en lo que sería la formación de la logia en la que el germen de la independencia fue madurando hasta cristalizarse en La Trinitaria, un grupo secreto en el que cada uno de los integrantes debía llamarse por un apodo, y tenía que comprometerse a traer a otros tres para integrarlos a la organización.

Emilia Pereyra reconstruye con una maestría que raya en la perfección aquella ciudad de Santo Domingo ocupada por las tropas haitianas, los encuentros entre el joven Juan Pablo y su novia Prudencia Lluberes Álvarez, que aparece con su nombre de pila, Nona, una joven bonita y agraciada con la que finalmente no se concreta una unión porque el patricio, traicionado, debe partir al exilio en el que finalmente muere.

En la página 137 asistimos a la pronunciación del juramento trinitario, una escena relatada con un realismo que despierta la emotividad del lector, porque rescata un momento clave de nuestra historia como nación, y que será el origen de todo lo que vendría después cuando, finalmente sacudido el yugo de la dominación haitiana, nuestra república se constituiría en una nación soberana e independiente de toda dominación extranjera.

El todopoderoso general Jean Pierre Boyer deja el poder, traicionado y derrocado por uno de sus adláteres, Charles Riviere-Herard, que recorre el territorio dominicano para asegurar su dominio, hace promesas en las que ningún dominicano cree, hasta que el accionar de La Trinitaria, que fue sembrando sigilosamente la semilla de la libertad, termina por convencer a la mayor parte de la población para alzarse en armas contra la ocupación haitiana.

El 27 de febrero de 1844 el pueblo dominicano vive la gloriosa noche del trabucazo, cuando una asonada encabezada por los más conspicuos trinitarios toma finalmente el poder y expulsa a los haitianos, lo que significa embarcarse en una guerra, porque está escrito que ningún ocupante aceptará ceder su dominio sin pelear.

Aunque después de la toma del poder, cuando Duarte regresa del exilio, se viven jornadas de alegría y esperanzas, el fantasma de la guerra está presente y, como sucede siempre que el poder político y económico está en juego, aparecen los ambiciosos y los que sin haber aportado ni arriesgado nada intentan apoderarse de todo, apoyados por traidores que se venden al mejor postor.

El general Pedro Santana encarna este tipo de personaje, hombre ambicioso y sin valores, con el apoyo de otros como él, que, una vez tomado el poder, se dedican a desprestigiar y a perseguir a los verdaderos patriotas, exactamente como sucedió en la mayoría de los países latinoamericanos que consiguieron su independencia a sangre y fuego, con el sacrificio de sus mejores hijos.

Juan Pablo Duarte tuvo que partir al exilio después de ser traicionado y apresado por Santana, que lo desterró bajo el cargo de traidor a la patria, Francisco del Rosario Sánchez fue fusilado posteriormente y Matías Mella murió a los cuarenta y ocho años en su finca.

No hay finales felices en las historias de los próceres, porque los traidores que imponen su narrativa con la fuerza de los fusiles y las bayonetas carecen de la mínima capacidad para comprender los ideales de libertad que los animaron en su lucha, y porque para establecer sus dominios basados en la mentira, en la compra de voluntades y en la absoluta ausencia de valores, tienen que forzosamente culpar a los verdaderos héroes de los delitos que ellos cometen. Le pasó a San Martín, que fue acusado de corrupto por Rivadavia, le pasó a Bolívar, traicionado por Francisco de Paula Santander y José Antonio Páez, por citar solo dos ejemplos.

Esta novela histórica de Emilia Pereyra tiene demasiados elementos históricos y una riqueza enorme en datos, en la reconstrucción de una época, en el retrato de personajes que, pese a la idealización a la que fueron sometidos por los manuales escolares, aparecen “pintados” con trazos que les permiten cobrar vida en páginas que mueven a reflexionar sobre el destino de los héroes.

Juan Pablo Duarte murió en el exilio, en la pobreza según la mayoría de sus biógrafos, pero “la verdad, cuya madres es la historia” según Don Quijote, acaba por salir a la luz cuando los perseguidos y los calumniados representan los más altos ideales y valores morales, y mientras los traidores son desterrados al basurero de la historia, los que enamorados de la libertad y no del poder, de la autodeterminación y no del dinero, entregan su vida, sacrifican su tiempo y su hacienda y convierten en una misión vital su compromiso con la libertad, finalmente, alcanzan la reivindicación que les fuera negada por la traición de sus contemporáneos, para mudarse a la eternidad desde donde iluminan con su ejemplo el futuro de la patria que forjaron con su consagración a las más nobles causas, inmolados en su tiempo pero engrandecidos para la posteridad como gloriosos paradigmas de la liberación definitiva de su pueblo.

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