Una historia de amor, raíces y espíritus en la frontera caribeña
Basilio Rodríguez Cañada
Especial para elCaribe
Capítulo 5. La Gagá
El Domingo de Ramos amaneció distinto en el pueblo. El aire olía a caña recién cortada y a ron derramado. Desde temprano, se escuchaban tambores y flautas improvisadas hechas con caña de bambú. Las calles se llenaron de banderas de todos los colores: rojo, verde, azul, blanco. Cada una representaba a un grupo, un linaje, una fuerza espiritual.
Amarilis me explicó mientras caminábamos hacia la explanada donde arrancaría la procesión:
—Cada gagá tiene su cortejo. Llevan sus músicos, sus bailarines, sus banderas. Se saludan, pero también se retan. No todo es armonía.
Yo observaba con asombro. Aquello no se parecía a ninguna celebración religiosa que hubiera visto en España. Era fiesta, rito, desafío y memoria todo a la vez.
El gagá de la familia de Amarilis salió primero. En el centro iba Doña Ercilia, caminando despacio, con un bastón adornado con cintas de colores. A su alrededor, jóvenes bailaban con machetes en las manos, levantándolos al ritmo de los tambores.
Me pusieron una cinta roja atada al brazo. Amarilis me la colocó con solemnidad.
—Ahora eres parte de nuestro grupo —dijo—. Pase lo que pase, no te separes.
El cortejo avanzó entre cañaverales, con cantos en creole y en español, invocando a santos y loas. El calor era sofocante, pero la música y el movimiento hacían olvidar el cansancio.
Yo sentía que cada paso era un latido más fuerte en el corazón de algo ancestral.
En un recodo del camino nos encontramos con otro gagá. Sus banderas eran verdes y blancas, y sus tambores golpeaban un ritmo frenético. Los dos grupos se miraron a distancia. Hubo un silencio breve, cargado de electricidad.
Un hombre alto, del otro cortejo, levantó el machete en el aire y gritó algo en creole que no entendí. Los de nuestro grupo respondieron con otro grito.
El aire se volvió denso. Sentí que una chispa podía encender un incendio en cualquier momento.
—Tranquilo —me dijo Amarilis al oído—. A veces es solo para medir fuerzas.
Y, efectivamente, tras unos segundos de tensión, los tambores volvieron a sonar, y cada grupo siguió su camino. Pero la inquietud quedó flotando.
Avanzamos durante horas. El ron circulaba entre los participantes; algunos bebían, otros lo derramaban en el suelo como ofrenda. Los cantos se volvían más intensos, los bailes más frenéticos.
Yo empecé a sentirme arrastrado por una energía extraña, como si mi cuerpo ya no me perteneciera. Cantaba sin entender del todo las palabras, pero cada sílaba parecía arder en mi lengua.
En un momento, Amarilis me tomó de la mano y me llevó al centro del círculo. Bailamos entre machetes brillantes y tambores que no daban tregua. Sus ojos eran fuego, y yo me sentí parte de algo que me sobrepasaba y me seducía al mismo tiempo.
Al caer la tarde, la procesión llegó a un claro donde se reunieron varios gagás. El ambiente era festivo, pero también cargado de rivalidad. Los bandereros agitaban sus telas como si fueran estandartes de guerra.
Doña Ercilia me miró con seriedad.
—Hoy se abre el camino. Debes estar atento.
No entendí del todo, pero asentí.
En ese instante, un grupo rival apareció con paso desafiante. Los tambores redoblaron. Los machetes brillaron bajo la última luz del sol.
Y comprendí, de golpe, que la fiesta estaba a punto de transformarse en otra cosa.
Capítulo 6. El enfrentamiento
La tensión se podía cortar con machete. El claro estaba lleno de tambores, gritos y banderas agitadas. El ron circulaba como pólvora, encendiendo la sangre de los participantes. El grupo rival avanzó hacia nosotros con paso fuerte, encabezado por un hombre de torso desnudo y cicatrices en el pecho. Su bandera verde ondeaba como un desafío.
—Hoy no habrá paz —murmuró Amarilis, apretándome la mano.
Doña Ercilia se adelantó unos pasos, apoyada en su bastón. Sus labios se movían, pero no alcanzaba a escuchar sus palabras entre el estruendo. Era evidente que estaba rezando, o invocando.
Todo sucedió de golpe. Un machete se levantó, otro respondió. El sonido metálico del choque de hojas cortó el aire. Los tambores, en lugar de cesar, redoblaron aún más fuerte, como si alimentaran la violencia.
Los cuerpos se abalanzaron unos contra otros: empujones, gritos en creole, insultos en español, movimientos rápidos de machetes que brillaban bajo la luz roja del atardecer.
Yo quedé paralizado. Nunca había visto la violencia tan cerca, tan tangible. Amarilis me echó hacia un lado, tratando de apartarnos del centro, pero la multitud nos rodeó.
Un hombre del grupo rival se abalanzó hacia nosotros. Tenía los ojos vidriosos, el rostro desencajado. Levantó el machete, y por un segundo supe que podía morir allí mismo, en un cañaveral caribeño, sin versos que me salvaran.
Entonces escuché un canto. Era Doña Ercilia. Su voz, grave y poderosa, se alzó por encima del tumulto:
—Agwe! Papa Legba! Kité pòt la ouvè!
El atacante se detuvo, como confundido. Su machete tembló en el aire. Otro hombre lo apartó, y el instante mortal se disolvió como un espejismo.
Yo quedé con el corazón desbocado, empapado en sudor frío.
Pero el caos no se detenía. A mi lado, Amarilis se soltó de mi mano para ayudar a una prima que había caído al suelo. En ese movimiento, un machete pasó peligrosamente cerca de su rostro.
Grité su nombre. Ella logró esquivarlo, pero el filo le rasgó la manga y dejó una marca roja en su brazo. Corrí hacia ella, la abracé con desesperación. El mundo a nuestro alrededor era un torbellino de cuerpos y sonidos, pero en ese instante solo existíamos los dos, temblando juntos.
—¡No nos separes, Alejandro! —me gritó—. ¡Si nos separamos, estamos perdidos! Poco a poco, como una tormenta que se desarma, el enfrentamiento empezó a dispersarse. Algunos hombres quedaron heridos, otros se alejaban gritando maldiciones. Los tambores bajaron de intensidad hasta convertirse en un murmullo.
El grupo rival se retiró con su bandera maltrecha, prometiendo volver. El nuestro permaneció en el claro, exhausto, algunos sangrando, otros bebiendo ron como si nada hubiera pasado.
Yo me sentía aturdido, incapaz de entender cómo la celebración podía transformarse en campo de batalla en cuestión de minutos.
Doña Ercilia se acercó a mí. Su rostro estaba sereno, como si no acabara de presenciar la violencia.
—Ahora has visto —dijo—. La fiesta es vida, pero también guerra. El gagá guarda memoria de esclavos y cimarrones. Cada machete baila, pero también recuerda.
Se inclinó un poco más hacia mí y susurró:
—Por eso necesitabas estar aquí. Para comprender que la palabra no basta. Hace falta cuerpo, sangre, espíritu.
No supe qué contestar. Mis manos temblaban todavía. Amarilis me apretó fuerte, como anclándome a la tierra.
Esa noche, de vuelta en la casa, escribí en mi cuaderno con letra trémula:
“El tambor no calla,
aunque la sangre caiga.
El machete brilla,
no solo por fiesta.
Aquí la vida y la muerte
bailan en la misma danza,
y yo, poeta extranjero,
ya no sé a cuál música pertenezco.”
Cerré el cuaderno. Y supe que ya no había vuelta atrás.
