Hay días en los que quieres rendirte, en los que sientes que el alma ya no te da. Porque la maternidad, de por sí, ya es dura. Pero cuando tienes un hijo con autismo, esa dureza se multiplica. Los procesos no fluyen como deberían. No son lineales. No son predecibles. No son “normales”, según la medida del mundo.
El habla tarda más, la comida es una lucha constante, los intereses son diferentes y repetitivos, las rutinas no se rompen sin consecuencias. Y tú estás ahí, en medio de todo, tratando de sostener lo que muchas veces se desmorona.
Mientras otras madres celebran que sus hijos ya escriben su nombre, el tuyo apenas empieza a mirar a los ojos. Mientras unas cuentan anécdotas graciosas de sus hijos con amigos, tú estás buscando terapeutas, citas, estrategias y calma. Mucha calma.
Te preguntas si estás fallando, si lo estás haciendo bien, si es normal sentirse tan agotada y tan sola a la vez. Porque pareciera que otras madres pueden con todo, y tú apenas sobrevives al día. Y lo peor es ese miedo silencioso que te carcome:
¿Quién lo cuidará cuando yo no esté?
Porque no es solo el presente. Es el futuro. Es la conciencia constante de su vulnerabilidad, de lo injusto que es el mundo, de que no siempre vas a estar ahí para protegerlo, defenderlo, traducirlo.
Y aun así, sigues. Aunque a veces quieras tirar la toalla, no lo haces. Porque lo amas.
Porque en medio del cansancio también hay ternura.
Porque en cada pequeño avance, por mínimo que parezca, tú ves un milagro.
Porque, aunque el mundo no entienda tu proceso, tú conoces cada batalla que se libra en silencio. Este no es un camino fácil. No es color de rosa. Pero es un camino lleno de un amor diferente, profundo y valiente.
Si estás en este camino, te abrazo. No estás sola.
Y si alguna vez sientes que ya no puedes más, recuerda esto:
Lo estás haciendo bien, a tu ritmo, a tu manera. Con amor.
