Luis Córdova
Especial para elCaribe
Meta RD 2036, presentada al país mediante el Decreto No. 337-24 y que busca duplicar el PIB real en apenas 12 años, pasa el primer gran test, luego del discurso de rendición de cuentas presidencial y el escenario que plantean los conflictos armados que sacuden las economías del mundo, nos cuestiona como nación de si estamos dispuestos a pasar del anuncio vistoso a la ejecución silenciosa y profunda.
Una reciente reunión del Consejo de Ministros pasó balance a los avances junto al sector productivo. Ministros, empresarios y técnicos alineados en una misma hoja de ruta: eliminar la pobreza extrema, crear 1.7 millones de empleos nuevos, triplicar el salario medio y posicionar al país como la economía más próspera de América Latina para 2036. Suena ambicioso. Es ambicioso. Y precisamente por eso merece escrutinio serio, no aplausos automáticos.
El plan no es nuevo en su espíritu pero sí en su escala y plazo, recuerda las metas de desarrollo de los 90 o los pactos de la Concertación y la casi olvidada Estrategia Nacional de Desarrollo, con su plazo fatal al 2030. Con un crecimiento proyectado sostenido del 6% anual (algo que pocos países latinoamericanos han logrado por tanto tiempo), el Gobierno apuesta a una transformación productiva que impulse sectores clave: energías renovables, nearshoring, agroindustria de valor agregado, turismo de alto impacto y educación técnica alineada al mercado. No se trata solo de crecer; se trata de crecer bien, de romper la trampa del ingreso medio y erradicar la fatal costumbre de “prometer más de lo que cumple”.
Aquí viene la pregunta incómoda: ¿estamos construyendo un país desarrollado en una generación o repitiendo, con mejor diseño gráfico, los mismos errores de siempre? Porque duplicar el PIB no basta si el crecimiento se concentra en pocas manos, si la informalidad sigue en 50%, si la calidad educativa no despega o si la deuda pública se dispara sin contrapartes reales en productividad. La historia nos enseña que las grandes metas sin instituciones sólidas terminan en frustración colectiva. Bauman lo diría mejor: en la modernidad líquida, los planes suenan líquidos también; se disuelven rápido si no hay estructuras sólidas que los sostengan.
No dudo de la buena fe del equipo gubernamental, pero la fe sin obra es muerta, dice el evangelio y ese obrar no es solamente del gobierno de turno sino un pacto sincero, de todos los sectores que intervienen y la conciencia ciudadana para que cuya vigilancia y exigencia sirva de garantía de cumplimiento. La madurez política se mide en lo que sucede después del anuncio. Saber esperar, como escribí en febrero, ya no basta; ahora hay que saber ejecutar sin que el algoritmo nos distraiga.
La Meta RD 2036 puede ser el plan de negocios de una patria digna, como tituló un medio reciente. Pero para que deje de ser solo un plan y se convierta en realidad, requiere algo que no se compra con likes ni con presentaciones: disciplina institucional, consenso más allá de los aplausos y la valentía de priorizar lo estructural sobre lo fatuo. Si logramos eso, estaremos hablando de un antes y un después. Si no, volveremos al teatro espectacular de destellos que se apagan y olvidan en tanto los actores salgan de escena.
El reloj corre. 2036 no es una fecha lejana; es un horizonte que ya estamos midiendo en avances concretos. Ojalá esta vez la forma no eclipse al fondo. Este país, de gente mansa que es capaz de ignorar hasta su propio dolor, necesita renovar su fe viendo el milagro de convertir las palabras en hechos.
