Mis amigos los escritores

Cuando alguno publica un buen libro, todos deberíamos sentir que la literatura gana un lector futuro: ninguna amistad se empobrece por un aplauso honesto.

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Con los años he descubierto que mi agenda cambió sin hacer ruido. Antes estaba llena de políticos, asesores, candidatos y estrategas. Ahora predominan los escritores, los editores, los libreros y los lectores obstinados. La política quedó atrás, como un paisaje conocido al que regreso solo para entender el presente. Cervantes escribió aquello de un lugar del que no quería acordarse. Yo podría decir algo parecido sobre una etapa de mi vida.

Mis amigos escritores son tan complicados como cualquier dirigente. Algunos poseen una generosidad admirable. Otros cargan un ego que les impide celebrar el éxito ajeno. No digo esto desde una superioridad inexistente. También arrastro inseguridades, vanidades y silencios que prefiero corregir antes de señalar en los demás. Nadie sale completamente limpio cuando se mira con sinceridad.

Lo curioso es que muchos compiten sin necesidad. Les cuesta comprar el libro de un colega, recomendar una novela reciente o dedicar unas líneas a un ensayo que merece lectores. Parecen olvidar que escribir nunca ha sido una carrera de velocidad, sino una conversación que atraviesa generaciones. Ningún autor pierde prestigio por reconocer el talento de otro.

Con frecuencia nos reunimos en la librería. Hablamos de poesía, historia, novelas, premios, fracasos editoriales y manuscritos interminables. Discutimos con pasión, cambiamos de tema, nos reímos y volvemos a discutir. Después cada cual regresa a su escritorio convencido de que todavía le falta escribir el texto que realmente desea.

La vida del escritor nunca resulta sencilla. Algunos esperan la jubilación para disponer de más horas de lectura y de trabajo creativo. Otros escriben entre obligaciones familiares, clases, empleos y preocupaciones económicas. Sin embargo, todos vuelven al papel porque saben que esa disciplina termina imponiéndose sobre cualquier cansancio.

Aun así, cuando alguno publica un buen libro, todos deberíamos sentir que la literatura gana un lector futuro. Ninguna amistad se empobrece por un aplauso honesto. Al contrario, la mezquindad reduce cualquier comunidad y termina aislando incluso al escritor más brillante con el paso del tiempo.

Mis amigos leerán estas líneas. A unos les molestarán. Otros sonreirán. Algunos ni siquiera abrirán el periódico. Pero quizá precisamente por eso seguimos escribiendo, porque la literatura continúa siendo un oficio profundamente solitario.

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