Hablaba en estos días con el esposo de mi prima hermana -Luis, que es de los que leen esta columna como si fuera una novela negra- y le decía: Luis, no vamos bien como país. Él asintió con esa pausa de quien ya lo sabía y no necesitaba que se lo recordaran.
Lo que antes llamábamos democracia -con sus defectos, con sus altercados, con sus cafés de media tarde en el Congreso- era, al menos, un intento de equilibrio. Había frenos, contrapesos, cierto pudor en el poder. Ahora vamos montados en una carreta sin frenos cuesta abajo. El pueblo, que era quien mandaba en teoría, ha pasado a ser espectador. Y lo peor: espectador cansado.
Porque esto ya no es un Estado de ciudadanos, es un Estado de partidos. Parcelas bien delimitadas, donde cada uno cultiva su privilegio. Legisladores y alcaldes con sueldos que no conocen inflación, pensiones blindadas, seguros médicos de otra galaxia. Subvenciones para partidos como si fueran ONG con corbata. Y encima, la fiesta la paga la Junta Central Electoral, es decir, tú y yo. Y Luis. Sobre todo, Luis, que todavía paga todos los impuestos de sus empresas.
Uno se pregunta cuánto aguanta una democracia cuando quienes la dirigen viven en otro mundo. ¿Cómo van a legislar para los de abajo si no pisan la acera hace años? Esto ya no es solo una desconexión: es otra cosa. Una democracia de escaparate, con mucho foco y poca alma. Sale cara, además. Y no funciona.
Y entonces uno se acuerda del filósofo, ese que habló de la “sociedad del cansancio”. De tanto correr, de tanto gritar, nos hemos quedado sin voz. Y eso es peligroso, porque el silencio, cuando es colectivo, se parece demasiado a la resignación.
Pero aún hay políticos formados, me dice Luis. Los hay, aunque cada vez cueste más encontrarlos. Gente que estudió no para medrar, sino para servir. Y uno quiere creer que todavía queda espacio para ellos, que no todo está perdido. Que no es ingenuo pedir un Estado que vuelva a mirar a sus ciudadanos y no a sus cuotas de poder.
Y entonces, al colgarle a Luis, pienso: igual exagero. O igual no. Pero de lo que estoy seguro es de que no vamos bien. Y lo peor es que ya ni nos sorprendemos.
Demuéstrenme que estoy equivocado…
