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Ese anillo que sirve de alianza matrimonial es circular porque representa un comienzo que no termina, que da vueltas para volver al mismo lugar donde no hay senderos rectos, más bien sinuosos y curvos, en que desde cualquier punto, se podría estar ante la partida, el reinicio o la meta. Esa argolla sencilla y dorada no es más que el símbolo de la eternidad y de un recorrido en que se avanza y se vuelve al mismo lugar porque no está llamado a concluir.

En igual sentido, el círculo de la vida es reiterativo y se repite con pasmosa exactitud. Nacemos sin dientes, luego los perdemos en la vejez; necesitamos un andador para sostenernos y aprender a caminar en nuestra primera infancia, del que igual luego dependemos para mantenernos en pie y poder trasladarnos en el ocaso de nuestras vidas.

Los recién nacidos vienen al mundo sin pelo que luego crece, para después desaparecer en la ancianidad con la misma facilidad con que surgió. Nos alimentan desde bebés con papilla y frutas blandas a las que se retorna irremediablemente para poder digerirlas en la ancianidad.

Cuidamos de los hijos porque como niños requieren de nuestra asistencia, para luego ser ellos los que lo hagan por nosotros. Las decisiones que tomaron los padres, luego les corresponden a sus descendientes; si no se valen por sí mismos, habrá un cambio de roles, cuando los años pasen, pesen y pisen. Se usan pañales en la niñez, para después precisar de ellos en la vejez.

Los berrinches de los niños se repiten en la adultez avanzada, aunque ya con un cambio de público porque el espectador de entonces, se convierte en actor principal de ahora. Los manejos emocionales propios de los infantes se reeditan con mayor efectividad en la ancianidad con una buena dosis adicional de drama.

Llamar la atención de los que están a nuestro alrededor para captar su interés no es un comportamiento exclusivo de los pequeños, ya que esos episodios se presentan con genialidad y acierto en aquellos entrados en edad. Así mismo, tal como un anciano repite las historias, una y otra vez, lo ha hecho cuando era niño para ser escuchado y tomado en cuenta.

La concepción, como inicio y la muerte, como su predecible final comparten el misterio que las hace inexplicables -aunque también inevitables- pero ambas son distintas paradas que juntas completan el ciclo de vida en el que todos estamos inmersos, quiérase o no, porque para morir solo hay que estar vivo.

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