El dominicano y el miedo a tender la mano

Cuando Franklin sufrió el infarto en un parque de San Cristóbal, el miedo se apoderó de los que le vieron descompuesto y temieron socorrerlo en los minutos críticos del final de su vida terrena. Cuando llegó el auxilio, era muy tarde y aunque arribó con pulso al centro médico, el resultado fue su muerte. En medicina se repite que los momentos iniciales tras un infarto, un accidente, un atragantamiento, pueden decidir entre la vida y la muerte. Minutos preciosos que rara vez esperan a que llegue una ambulancia. Hay escenas que se repiten tanto que terminan pareciéndonos normales. Un hombre se desploma mientras espera una guagua; un motorista se resbala en la “tarbia” caliente y se “guaya” hasta el pensamiento; una señora pierde el conocimiento en el mercado; un niño se “ataruga” en un restaurante o alguien grita pidiendo ayuda. Y entonces ocurre algo que dice mucho de nosotros. La gente se acerca: forma un círculo, pregunta qué pasó, hace conjeturas, saca celulares para llamar a parientes, mientras algunos trasmiten en vivo y otros lo graban, para “primicias”. Pero pocos se atreven a lo más importante: ayudar. No siempre es indiferencia. Muchas veces es miedo. Miedo a que la policía te lleve preso, a iniciar un proceso del que se pasa de testigo a sospechoso; miedo a hacer el bien, a tener que recurrir a abogados, perdiendo tiempo entre una justicia impredecible, viscosa y lenta o a ser carne para masticar entre fiscales carentes de conciencia y pruebas, cargando con una responsabilidad que nunca se buscó. Ese miedo silencioso está cambiando una de las virtudes más antigua de nuestro pueblo: la solidaridad espontánea. Nuestros abuelos no preguntaban: si alguien se caía de un caballo, varios lo levantaban; si alguien se ponía malo en el camino, siempre aparecía alguien que le daba agua y café en su casa; si a alguien le sorprendía una creciente o tenía problemas en la playa o en el río, alguien se “jondiaba” a rescatarlo. Era obligación moral antes que legal. Parecería que hoy consultamos primero al miedo. Nos hemos acostumbrado a vivir bajo la sospecha y el ciudadano honrado y bueno, teme involucrarse porque siente que “el sistema” puede tratarlo peor que al responsable del hecho. En muchos países existe la “Omisión del deber de socorro”, estamento legal que consiste en que, si una persona puede ayudar, sin poner en riesgo su vida, o avisar a los sistemas de socorro, tiene la obligación de hacerlo. En los anglosajones se llama “Leyes del buen samaritano” y es que quien auxilia no debe temer ser aplastado por lo legal, por intentar salvar una vida. Una sociedad no puede castigar la solidaridad. Entre nosotros existe la percepción de que ayudar puede convertirse en un problema, lo que no siempre coincide con la realidad jurídica, pero moldea el comportamiento de la gente. Una sociedad que aprende a no ayudar termina enfermándose de desconfianza y cuando la desconfianza se hace costumbre, el prójimo deja de ser un semejante para convertirse en un riesgo. Hay que recuperar la confianza, enseñar primeros auxilios, proteger legalmente al ciudadano que actúa de buena fe, y hacer que la solidaridad vuelva a sentirse segura, porque un país adonde hacer el bien produce miedo, necesita revisar algo más profundo que sus leyes.

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