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La liberación femenina no existía cuando desde tiempos pretéritos ya era un secreto a voces y una regla no escrita quién dispondría lo que se iba o no hacer en el hogar. Desde lo que se comería ese día, hasta quién era que efectivamente daba los permisos y repartía los castigos. Una mujer con la suficiente inteligencia natural como para hacerle pensar al compañero que era él el que mandaba y no restarle autoridad, aunque en la familia siempre estaba implícito quién la tenía y a quién debía obedecerse en primera instancia.

Ser el indiscutible proveedor de las finanzas en la casa le daba al padre voz (a veces), aunque no voto de en qué se invertirían esos ingresos para rendirlos hasta el último centavo, sin que la administradora hubiera recibido siquiera una lección de contabilidad. Mientras descansaba plácidamente en un sillón de su uso exclusivo, aparentaba ser el cabeza de familia, aunque el cerebro era el de la señora. Se trataba de un sano acuerdo tácito en que las decisiones difíciles, incómodas y comprometedoras las tomaba ella, porque a él le tocaba aplacar los ánimos, si fuera necesario, pero nunca contradecirla, so pena de caer en desgracia cuando se le aplicara la implacable ley del silencio.

Para el público y su numerosa prole, él era el hombre de la casa que debía ser respetado (la misma pareja se había encargado de fomentar el mito de que debía ser temido, a la vez que idolatrado). En la realidad hogareña, ese patriarca infranqueable era un huésped privilegiado al que se le complacía con todas las atenciones y que prácticamente tenía poco qué opinar porque todo estaba decidido y resuelto, antes de que pusiera un pie en la entrada; apenas sabía dónde estaban sus pantuflas, qué días se lavaba o los malabares de la matrona para extender el presupuesto hasta fin de mes, esquivando los antojos de los muchachos.

El don era un manso cordero que entendió desde los primeros años de matrimonio que él pagaría la música, pero que la cantante sería otra. A pesar de eso, vivía feliz al arrullo de sus cadenas porque todo el estrés lo dejaba para el trabajo, que del de la casa se encargaba ella. Pobre de aquel que piense que el cordón umbilical se corta en el nacimiento, esa “m” de mamá también es de memoria y mando que permanece y trasciende las fronteras de la madurez, a través de ese hilo invisible que te hala para recordarte que saliste de sus entrañas, porque es una deuda impagable, sin fecha de caducidad e inagotable, como ella misma, para la que siempre serás su mejor proyecto.

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