Los enormes desequilibrios sociales

Con todos sus avances en derechos humanos y desarrollo político, las sociedades latinoamericanas no son los mejores ejemplos de conglomerados felices o justos. Los desequilibrios sociales tienden a profundizarse a medida que el desempleo se acentúa y el Estado se desvincula de muchas de sus obligaciones esenciales.

Es la consecuencia del abandono de prioridades, de incursionar en terrenos para los cuales no está preparado o carece de vocación. Limitan así el papel del sector privado, y cortan la iniciativa individual creadora.

Este proceso de erosión de instituciones avanza. La pobreza, presente en sus grados más extremos en amplias capas de población de América Latina, es de grave y perenne amenaza al orden social. Y a menos que las naciones sean capaces de reducir esos márgenes e incorporar esa enorme cantidad de gente al proceso de producción, y dotarla de capacidad de consumo, el futuro de la democracia seguirá incierto.

El peligro principal no radica en la posibilidad del surgimiento de una mano férrea que cercene de un zarpazo lo construido sobre los cimientos de un Estado de derecho. Ese no es el caso. A pesar de sus múltiples debilidades, la democracia en el caso nuestro, por ejemplo, es lo suficientemente fuerte para evitar que, bajo situaciones normales, surja esa posibilidad.

El peligro real radica en el sufrimiento de grandes núcleos poblacionales. En la existencia de un estado generalizado de desesperación crónico. Una situación que arrastre a las multitudes en brazos de un totalitarismo que ahogaría su libertad, con el señuelo de revivir esperanzas de mejoría social.

El error de los liderazgos latinomericanos es no haberse percatado ya de la conveniencia de emprender, sin pérdida de tiempo, campañas contra la pobreza, a fin de detener sus amplias secuelas sociales. La sociedad dominicana no puede reclamar el mérito de haber acometido con decisión esa tarea.

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