En América Latina, una considerable parte de su población, superior a los 200 millones, carece de empleo adecuado y no dispone de viviendas y servicios sanitarios.
Más de la mitad de sus niños están impedidos de asistir a la escuela y sus padres no poseen medios para dotarlos de libros y vestidos. Las favelas en las grandes ciudades de Brasil, los inmensos cinturones de miseria en las ciudades de Perú, Chile, Argentina, Venezuela y Colombia; los barrios marginados de Santo Domingo y Caracas, las horribles aldeas indígenas de México, Centro y Suramérica; la espantosa miseria haitiana, están ahí como la más terrible tragedia humana del presente siglo.
A pesar de este cuadro de estrechez, muchos gobiernos latinoamericanos, siguen dedicando grandes recursos al esfuerzo bélico. Argentina no tardó en emprender una política de rearme, para sustituir los barcos y aviones perdidos durante el conflicto con Gran Bretaña por las Malvinas.
La región presenta, no obstante estos gastos, niveles elevados de mortalidad, desnutrición y desempleo. La mayor parte de sus problemas prioritarios relativos al desarrollo siguen pendiente de solución. Gran parte de su población reside en zonas de ciudades superpobladas, sin el beneficio de los servicios públicos elementales. Se les priva del privilegio de la educación. Viven apartados de las esferas de decisión, privados del acceso a fuentes seguras y estables de trabajo y mercados, expuestos a epidemias y otros problemas de insalubridad.
Las libertades individuales y la celebración de elecciones libres son ventajas del sistema democrático. Tales conquistas, son el fruto de grandes sacrificios de muchos años. Pero penderán siempre de un hilo si resultara imposible alcanzar un nivel de desarrollo y una justicia social que pongan al alcance de las mayorías nacionales lo que por ahora ha sido el privilegio de segmentos minoritarios.
