Luis Córdova
Especial para elCaribe
La culpa es de Trujillo. Además de modelar el ícono del poder, sembró profundamente la parafernalia como sistema. El epítome fue “La Feria”; así de asimilada y cercana quedó la impronta de la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre. Pese a que aquellas instalaciones fueron inauguradas en un lejano 1955, el impacto cultural fue tan extenso que todavía hoy, en la referencia cotidiana, el entorno del Centro de los Héroes sigue siendo, simplemente, “La Feria”.
Existe un convencimiento profundo de que “lo importante es la forma”. Esta idea, ahora dimensionada por las redes sociales y su consecuente corifeo de adeptos y abyectos, nos recuerda la advertencia de Guy Debord (el de la Sociedad del Espectáculo): “En el mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso”. Vivimos en la tiranía de la imagen, donde no hay espacio para una segunda impresión cuando la que determina es la primera. Así, como una lluvia de cuervos —metáfora de ese rigor cromático, nada más—, vimos desfilar el protocolo de atuendos negros entre los invitados al Palacio del Congreso el pasado 27 de febrero.
La Constitución es clara: el presidente debe depositar ante el Congreso Nacional las memorias de los ministerios y rendir cuentas de su administración frente a sus fiscalizadores con la tarea de auditar la ejecución del presupuesto del año anterior. Es un acto rígido, escueto, sin embargo, la flexibilidad ha permitido que la solemnidad se convierta en puro espectáculo. El acto se ha extendido desde el litoral del Malecón por las avenidas, en una práctica que, aunque empezó tímida, ya posee logística propia: avanzadas dispuestas en la ruta presidencial, apostadas para saludar con euforia ante un tiro de cámara en vivo o el ojo vigilante de los drones de la producción.
Es la tiranía de la forma. El rigor del protocolo de Estado es una cosa; la pasarela de quienes no son ministros ni asambleístas es otra. Asisten sin más propósito que el de promoverse, desfilando por una alfombra corta para compartir la foto de rigor. De eso se trata: de ser captado, de exhibir al diseñador, el costo de la cartera, los zapatos o la corbata. Es la política reducida a fashion week.
Vi, lamentablemente sin asombro, cómo a un puñado de entrevistados se les pidió citar a tres Trinitarios. Salvo un ministro, los demás revelaron que son auténticos productos de una educación que no atendió a tiempo el 4% de inversión. Balbucearon nombres con proximidad onomatopéyica pero ni de lejos los reales, imprecisiones que ponen a prueba su nacionalidad. Estaban listos para lo “importante”: decir quién los vistió y repetir la cápsula del momento que los hace parecer inteligentes: “El pueblo tiene amplias expectativas”, “es nuestro rol fiscalizar”. El manido concepto de “fiesta de la democracia” es un cliché que no aplicaba pero siempre está disponible en su corto casete de respuestas rápidas.
