Luis Córdova
Especial para elCaribe
Guy Debord describió hace casi sesenta años la sociedad del espectáculo. Décadas después, Mario Vargas Llosa advirtió, desde otra perspectiva, sobre la civilización del espectáculo. Ambos comprendieron que la imagen terminaría condicionando la forma de entender la realidad.
Debord escribió en 1967: “Toda la vida de las sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos”. Quizá no imaginó que un día la política dejaría de ser solo un espectáculo para comenzar a producirse como un reality.
Bastó una posibilidad electoral para desempolvar viejos expedientes, invocar antiguas lealtades y practicar una disciplina muy nuestra: la nigromancia política. Esa costumbre de consultar a los muertos para decidir el futuro de los vivos.
Pero el verdadero fenómeno no está ahí. No estamos, como tantas veces ocurrió en América Latina, ante empresarios que deciden incursionar en la política. El proceso parece distinto: la política comienza a incorporarse como un producto más de un ecosistema empresarial de creación de contenidos.
La lógica de las plataformas deja de ser un instrumento de comunicación para convertirse en la lógica misma de la organización política. La política pasa a ser un producto más dentro de un ecosistema de contenidos.
Eso cambia el juego. Hasta ahora analizábamos campañas electorales; quizá debamos empezar a estudiar formatos audiovisuales. Porque una cosa es utilizar las redes para hacer política y otra muy distinta es que la política adopte la narrativa de las redes: la construcción de un partido en tiempo real, la promesa de revelar aquello que durante años permaneció reservado a juristas y técnicos, invitando a que la audiencia participe del proceso como si asistiera a un episodio más.
La partidocracia tradicional, acostumbrada a organizaciones cerradas y reglas cada vez más complejas para acceder a la competencia, observa con incomodidad un modelo que no encaja en las categorías conocidas. La pregunta no es si tendrá éxito electoral. La cuestión es otra: ¿qué tipo de ciudadanía produce? ¿Militantes o seguidores? ¿Convicciones o algoritmos?
Ya no se trata únicamente de especialistas en storytelling, sofisticados asesores de imagen o expertos en producir videos para “conectar con las audiencias”. El modelo que durante años profesionalizó la comunicación política parece enfrentarse a un competidor inesperado: la autenticidad —real o cuidadosamente construida—, la conversación sin libreto y la transmisión permanente del proceso. La política deja de presentarse como un producto cuidadosamente empaquetado para exhibirse como una experiencia en desarrollo. Lo acartonado cede espacio a lo orgánico; la escenografía, a la aparente espontaneidad. Si ese modelo prospera, obligará a replantear buena parte de la consultoría política tal como la conocemos.
La democracia siempre ha necesitado representación. La audiencia es otra cosa. Cuando el ciudadano deja de deliberar para empezar a consumir política como entretenimiento, el algoritmo ocupa el espacio que antes pertenecía a las ideas. El desafío ya no consiste en impedir que la política se vea, sino en evitar que termine haciéndose únicamente para ser vista.
