La politización del covid

Pocos creeríamos que a estas alturas estaríamos hablando aún de covid. En marzo del 2020 pensamos que antes del verano, al no suceder así estábamos seguros de que ya para las navidades, la pesadilla habría terminado.
De pronto vimos que el virus se convirtió no solo en una crisis sanitaria y económica, sino que sirvió para que muchos países lo usaran como un arma política contra sus adversarios, olvidando los efectos tan negativos del mismo.

Países que han cumplido con las medidas sanitarias que las autoridades han ido desarrollando en la medida que aprenden sobre este virus, han logrado reducir las tasas de letalidad e incluso muchos, logrando lentamente retomar las actividades económicas, sociales y escolares, como ha sido el caso de nuestro país.

El desarrollo de las vacunas, logrado rápidamente gracias a las avanzadas tecnologías y ya hoy aprobadas definitivamente por la Federación de Alimentos y Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés), un éxito sanitario, pero también el cultivo de diferencias políticas inimaginables que olvidan la crisis por la que aún atraviesa parte de la humanidad.

Recordemos la presión que la administración Trump puso para que las vacunas pudiesen estar listas antes de las elecciones de noviembre y no fueron pocas las presiones para retardar las mismas a pesar de lo serio, que la pandemia no solo afectaba al mundo, eran los propios Estados Unidos los más afectados del planeta.

Las vacunas se monopolizaron en países como Estados Unidos, Canadá y Australia, alcanzaron a tener tantas vacunas como para vacunar dos veces a su población, llegando afectar las contrataciones que muchos países pequeños habían logrado hacer con las multinacionales que las fabrican.

El entonces recién electo presidente, Joe Biden, prometió que en sus primeros cien días vacunaría un millón de ciudadanos. Lo que pareció una promesa excesiva se convirtió en una realidad, incluso, llegando a vacunar hasta tres millones de ciudadanos en un solo día.

Estados Unidos, que critica muchas de nuestras economías, no es capaz de ponerse de acuerdo de que la única salida a esta crisis sanitaria es: vacunas, mascarillas, higiene y distancia.

Al ver la televisión, parecería que el país lo gobiernan las dos grandes cadenas de televisión, sus programas de opinión se inclinan cada una hacia uno de los dos partidos, han perdido la objetividad, nadan entre las tendencias liberales y las conservadoras.

En la Florida, una persona como el gobernador Ron de Santis, con un futuro político que podría convertirle en el primer presidente de origen latino, se enfrenta a los Consejos de Educación, que con toda razón piden que los niños que vienen de un año de encierro no corran el riesgo de volver al ostracismo de una pandemia y vayan a la escuela con mascarillas.

¿Esto se reduce a las diferencias políticas que cada vez más dividen la nación norteamericana, que deja de ser un ejemplo de ser un gran país, pero simplemente uno más?

En Nueva York, el desacreditado gobernador, Andrew Cuomo, ha pedido al sector privado que sus empresas se conviertan en solo vacunados, que lo hizo de esa manera en Radio City Music Hall y todas las localidades se vendieron de vacunados, con mucho éxito.

Nuestras familias no soportan más pérdidas, las economías no pueden permitirse el lujo de volver a cerrar, como muchas veces, con razón, dicen “prefiero morir de covid que de hambre”.

No hay que morir de ninguna de las dos formas, es solo seguir el protocolo. Nuestro país es un ejemplo, vacunas a todos, ahora la tercera dosis que ya países como Israel han podido determinar, gracias a sus experiencias, que protege mucho más y si aún se enferma del virus, los efectos serán mucho más leves.

Hay hechos que cambian a las personas, a un país, hasta el mundo. Un virus minúsculo, el que no podemos ver, lo ha hecho.
Recuerdo la historia de Ignacio de Loyola y oyendo una charla del jesuita Javier Meloni, nos preguntamos si una herida de bala, que cambió las ambiciones de un joven, como pudo cambiar a San Ignacio de Loyola, ¿cómo es posible que una pandemia con estragos a nivel mundial, muertes, hambre, desempleo, no pueda cambiar la ambición y las diferencias?

Decía Meloni, recordando el cambio en San Ignacio, que esta pandemia debía mejorar el cambio climático, los egoísmos, la falta de oportunidades, las injusticias del mundo; que la pandemia, una radical interrupción del sistema económico y social, debería cambiar muchos de los errores del mundo.

Lo que vemos en los Estados Unidos está muy lejos de eso. Para unos las libertades de la Constitución chocan con exigir mascarillas, distanciamiento y vacunas.

Observamos los más absurdos argumentos en contra de exigir vacunas, los demócratas entienden que debe ser mandatorio, los republicanos entienden lo contrario.

Mientras tanto, parecería que lejos de cómo cambió a San Ignacio de Loyola una bala de cañón, el mundo seguirá debatiéndose en sus diferencias y egoísmos, mientras muchos añoran tener una vivienda y mucho más, comida que a otros nos sobra.

Mi experiencia es que los países ricos, con recursos abundantes, rechazan las vacunas por ideologías, mientras que los países pobres, escasos en recursos, están deseosos de poner el brazo para que les pongan las vacunas y salir de la crisis que los hace tener más hambre.

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