La corrupción tiene un costo equivalente al 10% del PIB anual; causa estragos mucho más costosos que los dejados por la pandemia de Covid-19
Hace unos años, en República Dominicana, casi nadie hablaba de corrupción. Hoy se ha vuelto la conversación favorita en la esquina. Si uno sale ahora mismo, cualquiera dice: el problema es que todos los gobiernos son corruptos.
El otro día, en Don Juan, Monte Plata, un hombre gritó indignado que no entendía cómo nuestros políticos podían robar tanto. Otro le contestó tranquilo: amigo, usted olvida cuando trabajábamos juntos, que nos llevábamos los tubos y gomas, porque era lo único que había, si hubiéramos tenido otra cosa, también nos la llevábamos.
La conversación fue entre dos gomeros, pero tranquilamente pudo haber sido entre cualquier otro par de personas. La respuesta del segundo hombre me lleva a dos preguntas simples. ¿Somos corruptos por naturaleza o la corrupciónn se aprende?
Sobre la primera, no, no nacemos corruptos. Tampoco nacemos adorando el dulce de batata ni el pan con café. Según algunos estudios de neurociencia, cuando alguien logra un acto corrupto sin tropiezo, el placer activa su cerebro y disminuye su capacidad ética. El día que dice: “No te apures, que le buscamos la vuelta”, si esa vuelta salió perfecta, sus límites quedaron rotos. Igual que pasa con ciertas drogas, la gratificación artificial destruye defensas internas. Encima, el cerebro está diseñado para imitar. Si el recién llegado al poder ve a todos agarrar lo suyo, también agarra. Como la canción de Wilfrido Vargas: coge aquí, coge allá.
¿Existe la corrupción cero? Pienso que no. Hay personas íntegras, incapaces de vender su firma ni su conciencia. Aunque si el sistema está podrido, navegar esas aguas se hace casi un milagro. Sin embargo, ante la corrupción, debe existir tolerancia cero. Un funcionario corrupto resulta peor que una banda de atracadores, un violador o un periquero. A cualquiera de esos se le atrapa y juzga. El corrupto delinque, borra sus huellas y si tiene labia, el mismo pueblo lo defiende.
Hay comunidades en las que la misma gente defiende a algunos corruptos, con argumentos como: “Yo prefiero que robe y sea corrupto pero que trabaje bien”. También tienen razonamientos como el del video de la madre que defendía a su hijo diciendo: “Él roba, pero no roba motor”. O sea, socialmente damos atenuantes a los delitos, lo que en cierto modo, legitima la conducta corrupta.
Lo más parecido al virus del VIH es un corrupto. El VIH entra, engaña a la célula, la revienta por dentro. El corrupto hace igual: primero gana confianza, luego dice “recojan, que llegué yo”.
El daño es monstruoso. Según el último CPI, América Latina ronda un puntaje de 42 sobre 100, lejos del umbral que indica países limpios. En República Dominicana, subimos a 36 en 2024, todavía muy por debajo del promedio mundial de 43. Eso significa que seguimos perdiendo miles de millones. El Banco Mundial y Transparency calculan que la corrupción nos cuesta 10% del PIB. Más del doble de lo que se gasta en educación, más que salud, más que en cualquier rubro imaginable. Con lo que se esfuma por corrupción, podríamos fundar un ministerio exclusivo para asaltar el erario.
Miremos el caso de Cristina Fernández de Kirchner. En Argentina, la expresidenta terminó condenada por un fraude de mil millones de dólares. La inhabilitaron de por vida y hasta Estados Unidos le cerró la puerta. En Perú, el espectáculo es diario. Desde los audios del caso Cuellos Blancos hasta el Rolex de Dina Boluarte.
En España, el escándalo del PSOE puso en fila a familiares del propio Sánchez, enredados en contratos públicos por quinientos millones. La corrupción se filtra incluso en la Unión Europea, con todo y sus controles de cumplimiento. Ahí está el “Qatargate”, con diputados europeos acusados de lavado y asociación criminal.
El barómetro global de Transparency muestra que 53% de los latinoamericanos creen que la corrupción aumentó. Solo 39% confía en el trabajo de su gobierno contra actos corruptos.
Mientras tanto, seguimos con la misma pregunta: ¿somos corruptos de fábrica o la corrupción se aprende? No nacemos con ese chip. Se entrena, se practica, se perfecciona. Un día le damos al policía los 500 para los refrescos; al Buscón para que nos acelere un trámite o nos robamos un pedacito para evitar el tapón y al día siguiente manipulamos un contrato porque nos merecemos un ingreso más alto o le buscamos la vuelta a una traba legal.
Como lo dije antes, el modo en el que opera el corrupto es el mismo utilizado por el VIH. Y al igual que este virus, se reproduce a máxima velocidad en las economías más pobres y en las instituciones más débiles.
