Ya está bueno del “ay yo sí los quiero a ustedes… y nosotros te queremos” de Quinito.
Pasó la Semana Santa. Algunos asistieron a misa, unos pocos nos quedamos en casa y una cantidad abrumadora se desplazó a balnearios, campos o cualquier destino disponible. Y entre una cosa y otra, pocas conversaciones se refirieron al hecho de que hay familias en las que hasta las galleticas de las habichuelas con dulce fueron compradas con el dinero de las remesas que mandan los dominicanos en el exterior.
Esta festividad, igual que el Día de las Madres y la Navidad, depende estrechamente de esos ingresos. Hace veinte años los flujos provenientes de los dominicanos en el extranjero eran importantes, pero en la actualidad resulta impensable sostener el sistema sin lo que aportan los ausentes.
Basta con ver que cerca de 10 de cada 100 pesos que produce el país dependen de esos envíos. El año pasado las remesas superaron los US$11,866.3 millones, de acuerdo al Banco Central. Se trata de una cifra que ha mantenido una tendencia al alza tras la pandemia. Y es un monto que compite en impacto con sectores productivos como el de la construcción o los servicios financieros. Pero a diferencia de estos, el dinero de las remesas se inyecta directamente en las vidas cotidianas de los hogares.
Cuando un hogar de La Vega, La Romana, Barahona o cualquier parte del país recibe remesas se nota. Este dinero suele utilizarse para recetas, pago de deudas de colmado, compra de electrodomésticos e incluso para la reconstrucción de los hogares. Hay una dinámica cultural detrás de los envíos sin la que no se puede entender la vida de muchos pueblos del país.
Y por eso, resulta curioso que, a pesar de que el Banco Central emite periódicamente los datos sobre los flujos recibidos, todavía el país no concreta una política de Estado orientada a proteger estos recursos, estimular los envíos o fomentar una relación saludable con la diáspora.
El Instituto de Dominicanos en el Exterior (Index) parece limitarse a eventos de relaciones públicas sin que se perciba una relevancia institucional clara o iniciativas de alto impacto. Esto por poner un ejemplo. Ha habido discursos que destacan el valor de la diáspora, pero hasta ahora, ningún programa que dimensione realmente el trabajo que realizan.
Si el país depende de modo exagerado de quienes viven fuera, lo lógico sería facilitar que esos envíos generen un aporte económico duradero. El Gobierno celebra trimestralmente reducciones en los niveles de pobreza monetaria, pero omite que una parte de esa mejoría depende de quienes emigraron.
Los datos recientes confirman esta dependencia estructural. Entre enero y febrero de 2026, las remesas alcanzaron US$1,870.4 millones, un aumento del 1.0 % interanual. En 2025, el flujo total de US$11,866.3 millones representó el 9 % del Producto Interno Bruto (PIB) y sustentó el consumo de aproximadamente el 40 % de los hogares dominicanos.
Estos recursos equivalen a más del 25 % de las fuentes de ahorro externo. El compromiso de los migrantes es resiliente. En Estados Unidos, donde se origina el 80 % de los flujos, el salario promedio semanal de los dominicanos alcanzó los US$938 en el tercer trimestre de 2025. Este ingreso permite que el valor promedio por transacción ronde los US$300, realizados unas 16 veces al año.
A pesar de estas cifras, el entorno internacional presenta desafíos. Los conflictos en Medio Oriente han elevado los precios del petróleo, redujeron el ingreso disponible de los hogares en el exterior. El desempleo latino en Estados Unidos subió al 5.2 % en febrero de 2026. Además, desde enero de este año entró en vigor un impuesto del 1 % a los envíos en efectivo desde territorio estadounidense. Aunque el Banco Central proyecta que las remesas superarán los US$12,200 millones al cierre de 2026, el crecimiento se moderará hacia un 3.5 % debido a la incertidumbre global.
Es positivo que lleguen dólares o euros para las habichuelas, pero sería mejor si esos fondos encontraran medios para transformarse en inversión redituable. Es cierto que los dominicanos hacen los envíos por el amor a su familia; pero ya que el país no tuvo la capacidad de evitar que tuvieran que migrar, tal vez convendría ir pensando cómo hacer para que ese esfuerzo tenga un valor más allá del de la responsabilidad con la familia. Porque hasta ahorala relación que tenemos con los dominicanos ausentes es más de mochila pesada.
Más de 2.87 millones de dominicanos viven fuera, y su esfuerzo sostiene la estabilidad del tipo de cambio y las reservas internacionales, que al cierre de febrero de 2026 se ubicaron en US$16,180.7 millones.
Es necesario pensar en cómo emparejar la carga para que el envío no sea solo la tarifa del cariño y la nostalgia, sino un motor de desarrollo integral. Sin una estrategia clara, seguiremos dependiendo de la voluntad de quienes, a pesar de la distancia, mantienen a flote un país que no siempre les ofrece garantías de retorno productivo para sus ahorros.
