Los Reyes Magos

Hoy celebramos el día de los Reyes Magos, más como una tradición heredada que como una fecha para meditar sobre el sentido de la vida, la alegría infantil y las cargas compartidas.

Según el profesor Juan Bosch en su “Cuento de Navidad”, el Señor Dios había enviado un lucero con mucha luz a colocarse sobre el humilde establo donde había nacido su hijo, el cual fue visto por “cuatro personas” que “se sintieron atraídas por él, cada una, desde luego, según su manera de ser, pues no todo el mundo es igual”.

Esas cuatro personas fueron un viejo que hacía juguetes de madera para regalar a los niños, a quien llamaban Papá Noel; y tres reyes: Melchor, que era silencioso, disciplinado y alegre, y “más que el oro amaba la paz”; Gaspar que, aunque era justo, “tenía mal humor y era muy tacaño, casi avaro”; y, Baltazar, que “era el rey más raro del mundo, porque a la vez que se movía mucho y hablaba más, tenía majestad, sobre todo cuando quería tenerla”.

Los tres Reyes llegaron primero que el viejo del norte y llevaron regalos al niño que acababa de nacer: Oro, incienso y mirra es lo que entregan, tres dones que no son juguetes, sino símbolos. El oro es el poder que se arrodilla ante el Señor Dios; el incienso de la fe que da sentido a lo que no se ve; la mirra es el símbolo del dolor. Ninguno sirve para cambiar el mundo de inmediato, sino para entenderlo mejor. Lo cual, por sí solo, ya es un gran avance.

Los Reyes no ven milagros espectaculares. Ven a un niño dormido. Y aun así creen, porque han decidido creer. En tiempos donde exigimos resultados inmediatos, esa fe paciente resulta casi subversiva e incómoda. Luego llegó Noel con sus juguetes de madera.

Bosch entendía bien ese simbolismo. En su Cuento de Navidad, Dios observa un mundo extraviado por la guerra, la ambición y el odio, y decide no imponer su fuerza, sino enviar un mensaje frágil: un niño, una madre humilde, una enseñanza que debía ser aprendida, no obedecida.

En la tradición dominicana, el Día de Reyes ha ido perdiendo espacio frente a una Navidad cada vez más comercial, ruidosa y costosa. Sin embargo, este día conserva una virtud esencial: recuerda que el camino importa tanto como la llegada y que no todos los mensajes se revelan de golpe.

Bosch nos advertía, sin decirlo, que el mayor fracaso humano no es la falta de poder, sino la falta de comprensión y de empatía. El día de los Reyes Magos insiste en esa idea: no basta con que la luz nazca; hay que saber buscarla. No basta con que el bien exista; hay que caminar hacia él, incluso cuando el trayecto es largo y el destino incierto.

Hoy, día de Reyes, no estaría mal recordar que los regalos más importantes son discretos, como la Navidad descrita en el cuento. Y llegan —cuando llegan— solo a quienes todavía creen que vale la pena seguir buscando. ¡Feliz día de los Reyes!

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