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Los valores occidentales

¿Cuáles son los valores occidentales? O ¿Cuáles son los principales, ineludibles o fundamentales valores de Occidente? ¿Cuáles son esos que han servido para marcar el rumbo de la historia y han determinado lo que somos, lo que nos une? Estas y otras preguntas, como todo, pueden tener múltiples respuestas, pero no cabe duda de que, si pensáramos en tres valores básicos, estos podrían ser: la libertad individual, el imperio de la ley y el uso de una razón crítica. Un cuarto, que probablemente los sintetice a todos, es la dignidad intrínseca de la persona humana.

La libertad individual es la piedra angular de Occidente. Comenzó en las polis griegas, donde se inventó la palabra ciudadano y se inició, dentro de la lógica histórica del momento (esclavitud), la democracia. Luego, esta libertad se consolidó en Roma con la idea de que el individuo tiene derechos que ni el César puede arrebatar, contenida dentro de lo que llamaban: Ius Naturae. Mucho después, John Locke la transformó en teoría política, al decir que los hombres tienen “derechos naturales, inalienables, a la vida, a la libertad y a la propiedad”. Sin esta noción, no habrían surgido la democracia liberal ni las constituciones que nos rigen.

El segundo valor, el imperio de la ley, también tiene enorme trascendencia. La noción de que la ley está por encima de los hombres fue el gran legado romano, revivido en la Carta Magna de 1215, cuando los barones ingleses obligaron a Juan Sin Tierra a someterse a normas comunes. Luego este concepto se aquilató con la división de poderes (Montesquieu), al servir –o procurando- servir como un escudo contra la arbitrariedad y una guía para el ejercicio del poder.

La razón crítica empieza con Sócrates, quién enseñó a preguntar, a cuestionar. Esa disposición a interrogarlo todo dio lugar a la ciencia moderna y a la Ilustración, que según Kant consistía en “atreverse a saber” (sapere aude). Sin este valor, las otras libertades se debilitan, porque el pensamiento se convierte en dogma.

Estos principios se expandieron con las universidades medievales, con la imprenta de Gutenberg y con las revoluciones. Y nacen las democracias, frágiles, pero que pueden florecer con la participación y cuestionamiento ciudadano en la vida pública.

Esta es la síntesis occidental: un mundo donde la persona cuenta, donde la ley iguala y limita al poder y donde la razón guía.

Hoy, sin embargo, estos valores están en entredicho. La libertad se erosiona con la vigilancia digital, que convierte a cada ciudadano en dato y con el avance de regímenes autoritarios; el imperio de la ley se debilita cuando la corrupción y la impunidad se vuelven rutina y la norma no iguala a las partes (Aristóteles); y, la razón crítica se ahoga en un océano de desinformación, falta de educación crítica y noticias falsas.

Defender estos valores no es nostalgia de un Occidente idealizado, sino un acto de supervivencia cultural. Si se pierden, no nos espera un orden nuevo y mejor, sino una especie de “retorno a la barbarie”.

Si acordáramos que estos valores son fundamentales para nuestra civilización, no caería mal recordar aquella frase legendaria: ¡Civilización o muerte!

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