Eric Rivero
Productor pecuario
Especial para elCaribe
En los últimos años, el mundo ha entrado en una dinámica de crisis recurrentes que afectan de manera directa la estabilidad de los países, especialmente aquellos con economías más vulnerables como la nuestra. Cada vez con mayor frecuencia, eventos externos alteran nuestra forma de vida, golpeando con más fuerza a los sectores más necesitados.
Los fenómenos climáticos extremos —sequías, inundaciones, tormentas y ciclones— han dejado de ser eventos aislados para convertirse en una constante amenaza. A esto se suman crisis sanitarias globales, como la vivida con el covid-19, así como enfermedades que impactan la producción animal, como la influenza aviar de alta patogenicidad y la fiebre porcina africana, que aún afecta a nuestra isla.
Como si fuera poco, la geopolítica mundial continúa demostrando que las decisiones y conflictos de las grandes potencias tienen consecuencias directas sobre nuestras economías. Hoy, las tensiones entre Estados Unidos, Israel e Irán vuelven a encender las alarmas globales, impactando de inmediato el precio del petróleo y, con ello, el costo de producción, transporte y comercialización de bienes esenciales, incluyendo los alimentos.
El resultado es predecible: aumentos en los precios de las materias primas, presión sobre la inflación y un deterioro en la calidad de vida de nuestra población.
Frente a este escenario, la República Dominicana no puede seguir actuando de manera reactiva. Es momento de asumir una visión estratégica y de largo plazo que coloque la producción agropecuaria en el centro de nuestra política nacional.
La historia reciente nos ha dado una lección clara. Durante la pandemia, cuando las cadenas de suministro globales colapsaban, fue nuestra producción local la que permitió garantizar el acceso a los alimentos. Esa experiencia no puede ser ignorada ni vista como un hecho aislado, sino como la evidencia más contundente de que la seguridad alimentaria depende, en gran medida, de nuestra propia capacidad productiva.
La alimentación no espera. Es la necesidad más básica del ser humano y, en tiempos de crisis, la más sensible. Por ello, fortalecer el sector agropecuario no debe ser una respuesta coyuntural, sino una política de Estado permanente.
Esto implica invertir en tecnología, fomentar la innovación, apoyar al productor, mejorar la productividad y, de manera muy especial, impulsar el relevo generacional que garantice la continuidad del campo dominicano. También requiere una visión clara de protección y estímulo a la producción nacional, tal como lo hacen las grandes potencias, que entienden que la autosuficiencia alimentaria es un pilar de la soberanía.
La República Dominicana tiene el potencial, la experiencia y la cultura productiva para enfrentar los desafíos del presente y del futuro. Pero ese potencial sólo se traducirá en resultados si existe la voluntad firme de convertir la agropecuaria en una prioridad nacional.
Apostar por el campo no es una opción. Es una necesidad estratégica para garantizar el presente y el futuro de la nación.
