Conozco muchos casos en los que internos de distintas cárceles del país se dedican a extorsionar a personas inocentes mediante fotos, montajes y perfiles falsos en redes sociales.
Una de las modalidades más comunes es la creación de cuentas en Facebook con imágenes manipuladas. Desde esas cuentas, contactan principalmente a hombres y les hacen creer que supuestamente tuvieron relaciones con menores de edad. Luego, bajo esa acusación falsa, los chantajean con la amenaza de difundir las imágenes o llevar el caso a las autoridades si no entregan dinero.
Este método se ha convertido en una especie de negocio dentro de las prisiones, donde algunos reclusos, en lugar de rehabilitarse, se dedican a dañar la reputación de personas inocentes. Lo más grave es que no consideran el impacto emocional, social y familiar que generan estas acusaciones inventadas. Muchos de los afectados son profesionales, padres de familia y trabajadores que, de la noche a la mañana, ven su imagen manchada y su tranquilidad destruida.
La mayoría de estas acciones se realizan desde teléfonos móviles que circulan dentro de los recintos penitenciarios, a pesar de estar prohibidos. Estas herramientas, en manos de antisociales, se convierten en armas de extorsión que permiten seguir delinquiendo desde adentro. Con amenazas directas, palabras intimidantes y la presión psicológica de que “nadie les va a creer”, logran que algunas víctimas cedan y entreguen sumas de dinero para librarse de una difamación pública.
El problema no es solo de quienes cometen estos actos, sino también de la falta de controles efectivos en las cárceles. Resulta inconcebible que desde un espacio donde se supone debe cumplirse una condena, se sigan cometiendo delitos que afectan a ciudadanos honrados. Es responsabilidad de las autoridades penitenciarias y judiciales implementar medidas firmes que detengan esta práctica, reforzar la seguridad y garantizar que la honra de los ciudadanos no se convierta en moneda de cambio.
La sociedad no puede permitir que la difamación y el chantaje sigan siendo un negocio desde las cárceles. La dignidad y la reputación de las personas deben ser protegidas con todo el peso de la ley.
