Siempre será mejor

Con más frecuencia de lo que se puede pensar, las personas tratan de cambiar su manera de ser y de pensar en distintos aspectos de la vida.

En especial cuando de sentimientos heridos se trata.

En estos casos, las personas juran y tratan mil veces de cobrarse cada herida, cada dolor. Se proponen causar el mismo daño y sufrimiento que otros le han causado.

Prometen devolver el golpe con la misma rudeza. Aseguran que nunca volverán a creer en nadie más y se disponen estar atentos para no ser engañados otra vez.

Amar y confiar quedan totalmente descartados.

En resumen, la persona agredida trata de convertirse en alguien exactamente igual a su agresor o la persona que lo lastimó, para no utilizar una palabra tan dura.

Al calor de la indignación, de la rabia, del dolor y la decepción, se dicen muchas cosas, y también se hacen muchas otras, para las que luego no alcanza la vida para arrepentirse y menos para corregirlas.

La humanidad, por más que se han empeñado los cristianos, es incapaz de poner la otra mejilla ante las ofensas y las traiciones.

Sin importar las consecuencias, lo primero en lo que piensa alguien que se siente herido es en buscar la manera de cobrarse el dolor causado por esa herida, aunque al final se imponga la sensatez y se desista de la idea.

Es inútil pretender que la gente deponga una tendencia que ha acompañado a los seres humanos desde que el mundo es mundo, amparados en la “ley” del ojo por ojo…

Pero, al menos es bueno detenerse y pensar qué tan conveniente, que tan saludable es para uno, asumir un comportamiento tan deplorable.

Es difícil contener sentimientos tan fuertes como la indignación y más difícil aun resulta ignorar la decepción y el desencanto, pero, por duro que sea, solo un instante es suficiente para entender lo que vale la pena y lo que no.

Al tratar de pagar con la misma moneda, uno termina convirtiéndose en una persona con una conducta aún más reprocharle que aquella que cuestionamos.

Además y lo más importante, es que de esta manera se pierde la identidad, uno deja de ser quien es y nada causa un mayor sentimiento de vacío y desolación que perder su esencia.

Es necesario entender que el solo hecho de estar vivos, nos hace pasibles de todo cuanto afecta a los seres humanos. Duele, es verdad, pero qué se puede hacer?

Sin importar lo difícil que sea aceptarlo, siempre será mejor dejarlo todo al tiempo, esperar tranquilamente a que el propio peso de cosas las hagan caer por si solas, y sobre todo, aprender a utilizar a tu favor cada cosa negativa, cada dolor, cada acción desleal y transformarlo todo en herramientas para fortalecer el alma y caminar en silencio en paz, y con la conciencia tranquila.

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