Todo un hombre

El cuento de Juan Bosch titulado “Todo un hombre” es una una sentencia moral y el retrato de la verdadera hombría, sin miedo ni violencia, y todo resuelto en unas pocas páginas. El texto me lo recordó José Enrique Reyes, alumno aventajado de Nietzsche, argumentando sobre lo inevitable del llamado del deber.

Yeyo Ramírez es el personaje central de la historia, un campesino sereno, de ojos dulces y “voz sin importancia”, que acaba enfrentado al temido Vicente Rosa. El contraste es brutal: Rosa encarna el abuso; es el guapo que humilla, que cobra respeto a fuerza de machete y de miedo. Es el hombre “sangrudo” que todo el pueblo teme. Yeyo, en cambio, parece insignificante, casi invisible. Pero en esa diferencia Bosch plantea la reflexión: la verdadera hombría no está en el escándalo de la fuerza, sino en la calma del deber cumplido.

El desencadenante de la historia es Eleodora, una hermosa campesina quien con apenas una sonrisa en la pulpería desarma a Rosa, hace temblar a los hombres y pone a Yeyo en la disyuntiva de intervenir. Ella, sin proponérselo, ilumina el contraste: mientras Rosa busca poseerla por la fuerza, Yeyo la protege con respeto sereno. El gesto del campesino no es el de un héroe, sino el de alguien que actúa porque corresponde. Es, quizá, la definición más pura de hombría, especie de imperativo categórico kantiano.

Esa noche, solo en su bohío, Yeyo escucha pasos, distingue voces que lo llaman y le piden que abra la puerta y salga. Sabe que es una trampa y busca el puñal. Pudo quedarse en su catre, protegido por la oscuridad, pero “de golpe abrió la puerta y avanzó”, “Vide una sombra -explica- y le metí el cuchillo”.

Y cuando el juez le pregunta por qué lo hizo, sabiendo que lo iban a matar, responde con la frase que sintetiza el cuento: “Porque cuando a uno van a llamarlo a su casa, manque uno sepa que es pa’ matarlo, su deber ta’ en atender al que lo llama.”

Bosch coloca aquí el contraste más hondo: la justicia formal del tribunal frente a la justicia moral de Yeyo. El juez quiere entender con lógica legalista por qué el acusado no evitó la tragedia. Pero Yeyo, con voz humilde, responde desde otro lugar: desde el deber, desde un código campesino que no necesita libros de derecho. Esa tensión entre la letra del derecho y la conciencia es lo que hace que el cuento aún resuene, décadas después.

Nuestra sociedad, tan dada a confundir poder con valor, puede mirarse en este espejo. Todavía hoy abundan los Vicente Rosa: hombres que imponen y destruyen, cuyo prestigio se sostiene en la intimidación, o en el pasajero puesto que ocupan. Y todavía, invisibles, existen los Yeyo: hombres silenciosos, de deber, cuya hombría no depende de la fama, ni del dinero ni del puesto que ostenten, sino de la coherencia íntima.

Sin dudas un gran cuento de Juan Bosch que, con lenguaje campesino y sin adornos, nos enseña que la grandeza está en hacer lo correcto sin importar el desenlace. Yeyo, humilde y callado, termina siendo más hombre que el guapo del pueblo.

La lección es nítida: ser “todo un hombre” es no traicionarse nunca a sí mismo.

Posted in Opiniones

Más de opiniones

Más leídas de opiniones

Las Más leídas