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El Museo de Historia y Geografía se convirtió en el escenario perfecto para acoger desde el 22 de abril de 2022, la propuesta intitulada “La última cena”, donde varios artistas se apropian del pasaje bíblico en que el hijo de Dios comparte por última vez con sus doce discípulos. Así, nos llegan hermosos planos interpretativos en relación a una de las obras cumbres de Leonardo da Vinci. Lejos de que los artistas se acerquen al modelo natural, cada uno compone su propia versión del “momentum”.

Es un hecho de que el encuentro entre culturas, despliega un universo sincrético revelador, lo que se confirma en el multicromático y multiétnico espacio caribeño. De esta forma, los artistas se sirven de los anales de su pasado histórico y lo asocian con la tradición religiosa desde una lectura completamente artística.

No es la primera vez que este colectivo ensaya lecturas sobre la “Última cena” disponiendo al público los trabajos próximo al periodo que el calendario cristiano dedica a la Semana Santa. Se trata de un ejercicio que ya cuenta con cuatro entregas, logrando integrar a extraordinarios creadores como: Geo Ripley, Rosa Tavárez, Raphael Díaz, José Sejo, Miguel Gómez, Juan Bravo e Iris Pérez.

De igual modo, nos encontramos con las obras de Lizette Mejía, Judith Mora, Pilar Asmar, José Gabriel Atiles, Eddy Santiago, y Julia Castillo. Estos artistas, cuya labor visual les ubica en diferentes etapas en la historia del arte dominicano, han venido desarrollando un estilo particular, pero que a nivel temático generan puntos de coincidencias.

La “última cena”, se convierte en pretexto para desplegar un imaginario cargado de sátira, humor y reflexión en un juego lúdico de espacio, acciones y tiempo.

Y es que, la República Dominicana corresponde a un espacio geográfico con elementos puntuales. Además de ser el centro en el que se erigió la primera civilización de carácter occidental en el Nuevo Mundo, es caldo de cultivo para el primer proceso de mestizaje en América.

Teniendo en cuenta la precedente afirmación, se hace necesario recordar que los denominados “primeros padres”, es decir, los aborígenes, no seguían la tradición católica, pues más bien eran politeistas y rendían culto a elementos de la naturaleza como el maiz, la yuca, la tierra, por citar algunos ejemplos.

Al iniciarse el proceso de colonización y conquista, interviene también la evangelización, donde el arte juega un papel protagónico, pues las primeras representaciones pictóricas y escultóricas llegan para decorar los templos de las iglesias que se empiezan a construir. En este contexto hay una obra muy descriptiva de José Gabriel Atiles, mediante la cual quienes comparten la última cena con Cristo son los taínos de La Española, teniendo de fondo las tres carabelas y repartiendo peces y casabe. Esta pieza tiene varias lecturas, pero en lo inmediato, cabe destacar la expresión popular de que: “a falta de pan, casabe”.

Atiles, devuelve a Cristo a la caverna para compartir con los seres que Cristóbal Colón llamó “sin alma”, rodeando la composición de detalles aborígenes como los duho y las inscripciones rupestres en los muros.

Rosa Tavarez reubica la santa cena en un bosque personal e idílico, donde solo recibe tratamiento y acabado la figura de Jesús, mientras que los discípulos solo los delinea en azul. La maestra superpone árboles alrededor del centro, resultando minuciosa en el detalle, sobre todo, de la representación de los pies y, no así  del resto de la composición.

Pilar Asmar se centra en el entramado que deviene de la sentencia de Jesús a Judas de que, “antes de que cante el gallo, me negarás tres veces”. Su recreación es apocalíptica. Tanto es así que sitúa tres figuras femeninas en primer plano, una lleva un gallo; otra, un árbol de manzana y, una tercera, se encuentra desprovista de ropaje, de espaldas, en actitud poseía, elevando los brazos para dejar fluir la escena de un Cristo al centro del que desciende un pez (signo de vida en la cultura taína), rodeado de figuras humanas femeninas y masculinas.

Por su parte, José Sejo recrea a la última cena y se autorretrata con cierto retraimiento, edulcorando su propia familia en blanco y negro con excepción de su hermana a la derecha a la cual recrea con pelo rubio junto a su madre.  Al centro, la figura de Jesús a todo color quien, con una mirada al vacío, intenta bendecir el banquete dominicano, siguiendo los gustos de sus familaires, pues además del pan, se registra el salami, los chicharrones, la cerveza presidente y, hasta un espumante, para complacer el gusto de la hermana de Sejo.

Geo Ripley nos sumerge en un universo de misticismo, dejando aflorar su sentir sincrético en una obra definitoria del contexto histórico en que Cristo peregrinó por este mundo. Tiempos de Poncio Pilato en que Roma se encontraba bajo la égida de Tiberio. En medio de un campo dorado, Geo Ripley nos abre un portal bañado en rojo, del que se desprende un negro fulminante con varios bustos en perfil hacia la derecha, al centro, uno coronado de espina con una palma al frente en forma de cruz, un motivo muy isleño y, más que eso, caribeño. Los demás bustos, se presentan simulando legionarios romanos. Cuántas injusticias oh  Señor en tu nombre, por la pifia de tus propios hijos.

Iris Pérez Romero se apropia del gran Caribe para situar a Jesús junto a sus discípulos en una barca en alta mar. Con un trasfondo de peces entremezclados, signo de vida en la cultura taína y que alude a esa eternidad que impregna en el hijo de Dios, la artista, no desaprovecha el simbolismo y sitúa a Jesús con una cayena roja que dirige al centro de su pecho. Y es que, en el imaginario dominicano, la cayena es conocida como flor de Cristo. La artista se las ingenia para crear una composición dinámica en la que reina el estatismo y solemnidad de la cena en contraste con el movimiento sinuoso de las olas que acogen la embarcación.

Lizet Mejía nos presenta una escena tripartita en la que asistimos al momento en que Jesús se inmortaliza y parece ascender junto al Padre. Los discípulos se han congregado alrededor de la mesa y, al centro, el Cristo resucitado en un plano superpuesto. La santa cena constituyó el gran encuentro de Jesús con sus discípulos previo a su crucifixión, hecho que la artista trastoca, entremezclando elementos de lo que fue y de lo que pasó. Se advierte la ausencia de figura femenina en el acto histórico. En el imaginario de Lizet Mejía, la mujer tiene tanta importancia como el hombre y es por ello que la sitúa como parte de esa sagrada cena, autorepresentándose en la composición.

Por su parte, Julia Castillo recrea un plano de formas geométricas en las que sobre salen una secuencia de números siete y números seis. Éstos últimos, se registran como si fueran vistos a partir de un espejo, pues de estar invertidos, pudieran semejar al número nueve, sin embargo, no es el caso. Al centro, se forma un arco que sirve de fondo a una elevación sobre la que se inclinan los discípulos ante un Jesús de pie que se desplaza hacia el frente.

Judith Mora se sirve del pan de oro para, sobre un collage de periódicos barnizados con tono tierra, recrear la aureola de Cristo y de dos figuras a los lados. La artista se detiene mucho en el detalle de los rostros, otorgando un tratamiento naturalista, mediante el cual sorprende la profundidad en la mirada y la expresividad y realismo del conjunto.

Eddy Santiago define el rostro de Jesús, acompañado del pan y el vino a través de un efecto multicromático lleno de luz y espacialidad. A primera vista, las pinceladas parecen dispersas en la configuración, pero una vez que enfocamos la mirada, la figuración se torna más perceptible impregnada de virtuosismo y espiritualidad.

Juan Bravo nos presenta un plano en grises en el que se asoma una franja cargada de tonos, simulando el ropaje de los doce discípulos, en plena alegoría de un Jesús abondonado por sus propios seguidores. Y es que, el rey de los judíos, fue traicionado y enviado a la cruz por aquellos que decían ser sus hermanos.

Raphael Díaz superpone planos en líneas en blanco y negro, simulando las piezas de un piano en el que se posan notas musicales y, en proporción dorada, una dama levitando con dos candelabros sobre sus manos de siete velas cada uno. En posición piramidal a la figura flotante, una virgen y, en el extremo inferior izquierdo, un detalle de la santa cena, solo con tres figuras visibles, que pareciera simular la tríada de Jesús, María y José. Díaz nos devela escenas aisladas que en el imaginario encuentra su vínculo y motivan la reflexión.

Miguel Gómez cristaliza la visión de la santa cena, como si se tratara de una imagen encriptada en un trozo de ámbar, donde Jesús parece rodearse por criaturas espaciales y humanas, acogiéndolas a todas con amor paternal y devocional. Se aprecian manos flotantes que bien pudieran aludir al lavado de manos de Pilato, mientras delfines y peces bordean la composición y se siluetan pequeños botes.

El conjunto en general es rico en detalles. Cada artista con su estilo, manera de apreciar y recrear el momento de la santa cena, devela un pasaje de formas y colores sin igual. Esto le permite al  espectador asumir cada pieza como una especie de portal por medio del cual tiene la posibilidad de reinterpretar la historia y sus personajes, sin dejar de tener un enfoque crítico y, a la vez, espiritual. 

Además de los artistas visuales participantes, este proyecto expositivo ha sumado a otros grandes profesionales y artistas como la soprano Pura Tyson, la pianista Jacqueline Huguet, la violonchelista Milena Zivkovic, así como los maestros Santiago Fals y Marcos González en la parte documental. Asimismo, han participado los poetas Arturo Aguasvivas y Raphael Díaz,  junto a la crítica de arte María Fals, bajo la museografía de la arquitecta Fior Daliza Mateo Castillo.

El proyecto de “La última cena” crece, integrando a otros creadores visuales como Salvador Sánchez, Federico Cuello, Alberto Lestrad, Jean Philippe Moiseau y Carlos Romaguera. De igual modo, se registra la participación de Francisco Hernández, Wayne Healy, Daniel Manta, Nilton Cárdenas, Fernely Lebrón, Esmeralda Bobadilla, Milcíadres Andújar, Leopoldo Maler y Arian García García.

A este gran equipo, le acompañan también la crítica de arte Chrislie Pérez Pérez, las chefs Amelia Landestoy y María Marte, así como el apoyo logístico de Helpis Flota en un gran homenaje al maestro Santiago Antonio Fals Castillo in memoriam a desarrollarse con la puesta en escena de todas las creaciones artísticas de manifiesto, a partir del jueves 7 de julio en la sala Gilberto Hernández Ortega del Centro Cultural Perelló en la ciduad de Baní, provincia Peravia, República Dominicana.

Seamos testigos pues de las nuevas lecturas que propone el colectivo a través de un evento sacro como “La última cena”, el cual transmutan con ribetes artísticos y de gran sentido hermenéutico.

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