Lo imperdonable en una novela magistral de Carmen Imbert

La jurista, comunicadora y escritora Carmen Imbert Brugal es portadora de un apellido con historia, pero ese no es su único mérito, porque ella ha sabido labrar sus propios pergaminos. Sobrina del general Antonio Imbert Barrera, uno de los pocos sobrevivientes de los conjurados que ajusticiaron al tirano Trujillo, tataranieta de un héroe de la independencia dominicana, Carmen es graduada en Derecho por la Universidad Pedro Henríquez Ureña, donde se desempeñó como docente, también fue profesora en la universidad Unibe y en el Instituto Tecnológico (INTEC), integró el pleno de la Junta Central Electoral hasta 2020, y es conductora del espacio radial El Matutino Alternativo, una tribuna de opinión que alterna música de exquisito buen gusto con la intervención de destacados profesionales del derecho, de la sociología, de la medicina y especialistas en las artes.

Es autora de varios libros, Palabras de otros tiempos y de siempre, poemas en los que indaga sobre sentimientos profundos, también de los ensayos Prostitución. Esclavitud sexual y femenina y Tráfico de mujeres. Visión de una nación explotada, y de las novelas Volver al frío y Distinguida señora.

Hace poco menos de dos años Carmen Imbert Brugal puso a circular su obra El imposible perdón, una novela que, si bien se caracteriza por una prosa fluida y sin adornos estilísticos, escrita en un lenguaje llano y objetivo, no por ello resulta fácil de abordar, porque en las situaciones que describe campean sentimientos y actitudes que representan lo más inaceptable de la condición humana, como la cobardía, la delación, el arribismo y todo lo que la sociedad dominicana vivió y padeció durante los treinta años de tiranía bajo el mandato del sátrapa que desangró a este país, situación reproducida y prolongada en otra dictadura posterior, más breve pero igualmente feroz.

El imposible perdón es una historia en la que la venganza aparece retratada como una forma superior de justicia frente a la impunidad que ha caracterizado a todas las dictaduras que se vivieron en este país, donde muy pocos responsables de torturas, desapariciones y muertes han enfrentado la justicia por sus crímenes.

El protagonista masculino de la novela se llama Santiago Esán Valdez, un funcionario del régimen cuyo mandante todopoderoso es fácil de intuir, aunque nunca es mencionado por su nombre, que comienza en su juventud a trabajar en una oficina burocrática del Estado y después va ascendiendo en la estructura y en algún momento tiene un enfrentamiento con un general de apellido Rivas, lo que representa el comienzo de su desgracia en un gobierno en el que la delación, el control y el espionaje interno eran la norma.

Esán Valdez es interrogado por los servicios de inteligencia solo por haber dicho algo que alguien escuchó que dijo, ese hecho, que desata el miedo, el mismo terror en el que vivía la mayor parte de la población dominicana de aquellas épocas, lo lleva a vigilar su entorno de una manera enfermiza y patológica, al punto de que llena varios cuadernos con anotaciones de todo cuanto hacen sus vecinos, anotaciones que son revisadas por los mismos servicios de inteligencia del régimen.

A partir de ese momento aquel funcionario que tenía una casa lujosa, donde daba fiestas y agasajaba a los acólitos y lambones que se le acercaban en busca de algún beneficio o simplemente por quedar bien con un funcionario del gobierno de entonces, cae en desgracia, los “amigos” desaparecen, ese hombre que era un poderoso burócrata comienza a quedarse solo, mientras ese régimen de terror, ya reemplazado por otro igualmente feroz y represivo, comienza a desmoronarse.

Entonces empiezan las misteriosas llamadas telefónicas de una voz femenina que le cuenta que lo vio, dónde lo vio, y le pregunta si la recuerda, pero también le cuenta todo lo que vivió durante el tiempo que estuvo presa, cómo fue torturada y violada en esa cárcel cuyo nombre nunca se menciona, pero para los que conocemos la historia dominicana se parece muchísimo a un centro de tortura donde un cortesano de triste memoria hizo levantar después una iglesia.

Cada llamada de la muchacha es como una reafirmación de la ignominia en la que transcurrió la existencia gris, vacía y despreciable de ese hombre cuyo único “mérito” fue servir a una tiranía, con la justificación de que “cumplía órdenes” y cuando cayó en desgracia trató de recomponer su imagen ante una estructura criminal que ya lo había desechado y escupido, como un molesto catarro que se arroja para que desaparezca en el polvo de la calle o en alguna cuneta de aguas negras.

Como esas llamadas lo enfrentan a su infame condición de delator él teme al principio que otras personas puedan tomar el teléfono y escuchar el relato de esas torturas y vejaciones, de ese maltrato que sometió a seres humanos a suplicios peores que la muerte, ejecutados por verdugos tan repugnantes como él mismo, que apenas se diferenciaba de ellos en que, en lugar de torturar, delataba y condenaba.

La protagonista de las llamadas solo se da a conocer al final, pero durante cada llamada simplemente narra todo el sufrimiento al que fue arrojada por la simple mención de Esán Valdez, aunque ella siempre lo llama por su nombre y de una manera respetuosa, jamás lo insulta ni le menta la madre ni nada parecido, solamente lo llama don Santiago.

La falsa redención de esa muchacha comienza cuando uno de sus torturadores se enamora de ella y la saca de ese centro de tortura para llevársela como su mujer, una redención falsa porque si bien la jovencita salva su vida, esa inocencia juvenil, esa capacidad de soñar que es propia de todos los adolescentes, quedaron sepultadas bajo capas de sufrimiento, de angustia y de dolor por repetidas violaciones y castigos físicos.

Mientras Esán Valdez vive un periodo de prolongada decadencia, la joven se convierte en una administradora eficaz de las mercancías que el verdugo que resolvió su rescate acopia para el conveniente reparto en cada campaña electoral, típico funcionamiento de una estructura clientelista que compra votos con dádivas de ropas y comida. Ella tiene una casa confortable, consigue un trabajo, logra la aceptación y el respeto de la gente que la ve como una gestora de un gobierno que se parece a todos los gobiernos, porque en este país siempre ha sido así.

Esán Valdez se queda solo en esa casa destartalada, con los muebles desbastados y carcomidos, mientras las llamadas se van espaciando porque ese hombre ya ni siquiera es un ser humano, posiblemente nunca lo ha sido totalmente en el verdadero sentido del término, solo que ahora, sin dinero, sin poder, sin ganas de vivir, convertido en un guiñapo, envejecido y abandonado, es acaso el resultado que persiguieron esas llamadas, en una venganza sutil pero implacable que termina en el momento en que la muchacha se detiene frente al número de esa casa, cubierto por larvas de gusanos, mientras mentalmente se pregunta si él será capaz de recordarla.

El desgaste, la caída, la lenta aniquilación que vivió Santiago Esán Valdez desde que comenzaron esas llamadas telefónicas nos hace pensar que sí, que, aunque él nunca pronuncie una sola palabra mientras ella es la que habla, la recuerda perfectamente, enfrentado a su detestable condición de delator que por cobardía fue capaz de enviar a una muchacha adolescente al más terrible de todos los infiernos.

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