No conozco personalmente al poeta y escritor Pastor de Moya, pero según figura en su biografía selecta, página colocada al final de su poemario Álgebra de peces, nació en La Vega el 7 de febrero de 1965, y en 1982 ingresó en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, donde se inscribió en la carrera de Derecho. Por lo que he podido averiguar en Internet, es autor del ensayo La seducción del escritor marginal y otros rituales del poder, publicado por la Universidad de Venecia. Desde el 21 de marzo de 2021 es viceministro de Identidad Cultural y Ciudadanía, y es un prolífico autor de libros de poesía, un volumen de cuentos y uno de ensayos.
El libro de Pastor de Moya, que el propio autor nos ha hecho llegar, se titula Álgebra de peces, que cuenta con un prólogo escrito por el poeta Marino Berigüete, que nos permitió entender mejor un estilo que, por su tono experimental oscilante entre lo onírico y lo mágico, resulta imposible de encasillar, y aunque el álgebra es una rama de las matemáticas que se presenta como ciencia exacta, cuando comenzamos a estudiarla en la adolescencia nos resulta confusa al principio, como la trayectoria de los peces en el agua, que acaso tenga un patrón que todavía desconocemos y quizás el álgebra podría ayudarnos a descifrar en un futuro lejano.
En una obra titulada Letras del continente mestizo, escrita por Mario Benedetti y publicada en los años 70, el poeta uruguayo analizaba la relación que los dos máximos referentes de la poesía latinoamericana del siglo pasado, Pablo Neruda y César Vallejo, tenían con la palabra: “Si Neruda posee morosamente a la palabra, con pleno consentimiento de ésta, Vallejo en cambio la posee violentándola, haciéndole decir y aceptar por la fuerza un nuevo y desacostumbrado sentido. Neruda rodea a la palabra de vecindades insólitas, pero no violenta su significado esencial; Vallejo, en cambio, obliga a la palabra a ser y decir algo que no figuraba en su sentido estricto”. La cita viene al caso porque el manejo del lenguaje de Pastor de Moya se sitúa en un punto intermedio entre los dos extremos que describía Mario Benedetti, él no violenta a la palabra, pero inventa, a partir de sustantivos, unos verbos extraños que sirven a su necesidad de expresión: “…soy aquella podredumbre que laberinta los senderos”, dice en el poema Cárcel, en la página 26. No habla de armar ni construir o crear laberintos, sino que directamente laberinta, en la página 28, en Obscena presencia de Marx, escribe: “Y pensar que vaginan los ratones en el agua/ y que playan los esquemas del placer/ y que infolias quejidos cuando desjuntas/ tus piernas en mis espaldas…”
Estamos ante un poeta que transgrede los cánones clásicos de la poesía para situarnos ante un universo de imágenes que alternan lo luminoso del mundo onírico con las pesadillas y los tormentos del mundo real, sin puntos intermedios, y con elementos que resultan repugnantes al tacto, a la vista y a los demás sentidos.
La fría morgue lunar, que es el título de un cuadro del pintor belga neoimpresionista Paul Delvaux, es un poema en que en cierto modo se asocia o más bien se adhiere al universo de ese artista en cuyos cuadros aparecen mujeres desnudas con los ojos vacíos y rostros inexpresivos, y casi siempre la figura del profesor Otto Lüdenbrock, personaje de Viaje al centro de la tierra, novela de Julio Verne. El poema dice: “Tócame la vulva/ que aquí guardo los colores de la sal/ escúpeme con flores/ oríname el ombligo que esta losa está muy fría”… no hay nada cálido en una morgue, obviamente, y estos versos resultan sobrecogedores, tanto como la pintura de Delvaux…
Álgebra de peces es un libro en el que la rutina de los seres y las cosas cobra de pronto un sentido de existencia que, como esos mismos seres acuáticos escurridizos que se desplazan bajo el agua a una velocidad difícil de seguir, nos impresiona, nos asusta, nos interroga, pero jamás nos deja indiferentes.
Borges aparece en varias menciones, pero en la página 77 De Moya le dedica un poema que menciona todo lo que de alguna manera formó parte del arcano creativo del autor de El Aleph, “la cárcel de piedra en que agoniza el tigre”, en referencia al relato titulado La escritura del dios, menciona también a los cabalistas, el ajedrez, el círculo, todas las obsesiones que poblaron las invenciones borgeanas, para terminar con dos versos impecables: “…vuelvo al maestro sin razón/ porque así solamente permanezco”.
Alquimia del labio es otro poema en que el autor traza un guiño a Julio Cortázar y a un lenguaje denominado el glíglico, inventado por el propio autor de Rayuela (“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso…”), el poeta escribe: “Él adoraba sus senos con pulpúlica lamisia/ y vaginaba su lengua en mariposa suave./ Ella bajaba el lebralo y acariciaba el túntulo largo…”
El libro termina con un texto entre comillas firmado con las iniciales J.Z. titulado “Manual para suicidas mancos de ambos brazos” ilustrado con una hojita de afeitar, que es una pieza de humor negro, mucho más nítida que las menciones que campean a lo largo de algunos de los poemas del libro, y que, en cierto modo, resume la visión desengañada de la vida, la desolación y la desesperanza que muchos de los textos retratan, como La escritura del ojo, que es una descripción de un bosque que nada tiene de bucólico; comienza con una mención de los árboles como “columnas luminosas escritas de pájaros” para terminar con los sapos que lanzan su viscoso aliento que “se vuelve líquido pastoso sobre el páramo”.
Pastor de Moya prescinde de la rima y de la métrica formal para abrirle al lector una puerta, o acaso varias, a un universo en el que convive la luminosidad con la podredumbre y con todo los pastoso, con todo lo que puede resultar asqueante, pero al final, sus poemas terminan presentándose al lector como animalitos que necesitan afecto, y que en vez de pedirlo asumen un aspecto que pretende ser siniestro, que trata de atemorizar o impresionar, aunque una vez abierto el libro es imposible sustraerse a ese cúmulo de imágenes que asustan por lo que sugieren, pero, como sucede con algunos peces, con los búhos, con los puercoespines y tantos animales de apariencia desagradable, basta acercarse para entenderlos y para que, finalmente, resulten queribles.
Los alquimistas querían transmutar los metales en oro, buscaban también el elixir de la vida eterna, para lo cual mezclaban muchas veces diferentes elementos disímiles de la naturaleza. Pastor de Moya, de una manera parecida a como lo hacían estos sujetos, traza en cada poema una urdimbre de palabras que combinan la luz con la oscuridad, el ensueño con el terror, el oro con el barro, el deseo con la desolación, también experimenta con el lenguaje y termina por dominarlo con absoluta maestría y con la misma persistencia con la que a través de la alquimia los hombres de la Edad Media buscaban prolongar la vida u obtener el oro a partir de metales ordinarios.
Sucede que pervive algo de esta extraña metalurgia en la poesía, en esa posibilidad de despertar la magia que duerme en las palabras, ya sea para enamorar o para conmover, para denunciar o advertir, para asustar o simplemente para sacudir de su letargo al espíritu humano, un efecto que Pastor de Moya consigue sobradamente con su Álgebra de peces.
