Por: Alfredo López Ariza
Durante más de dos siglos, la idea de que la humanidad está condenada al colapso por “exceso de población” ha sido una de las narrativas más peligrosas. No surgió de las preocupaciones ambientales modernas, sino del siglo XVIII, cuando Thomas Malthus publicó en 1798 An Essay on the Principle of Population. Allí sostuvo que la población crecería de forma geométrica mientras los recursos lo harían solo de manera aritmética, provocando hambrunas, guerras y caos.
La historia, sin embargo, desmintió esa profecía. El progreso tecnológico e industrial demostró que la producción de alimentos y recursos puede expandirse a un ritmo superior al crecimiento demográfico. Pero el problema del malthusianismo nunca fue su precisión científica, sino su utilidad política. Su idea se incrustó en la mentalidad de las élites y se convirtió en coartada para decidir quién debía vivir, reproducirse o ser eliminado del futuro.
El miedo a la “explosión demográfica” se mezcló con el darwinismo social y la eugenesia, que pretendían “mejorar” la humanidad restringiendo la natalidad en sectores considerados inferiores. Bajo ese razonamiento, los pobres y las minorías dejaron de ser vistos con dignidad y fueron tratados como un riesgo estadístico para la estabilidad del planeta.
Ese pensamiento alcanzó su forma más brutal en el siglo XX con el régimen nazi. Allí, el control poblacional se convirtió en maquinaria de exterminio. Bajo la excusa de proteger recursos y “purificar” la raza, el Estado impulsó esterilizaciones forzadas, eliminación de personas con discapacidad y persecución de los considerados “indeseables”. Cuando el ser humano es reducido a un número, una carga o un obstáculo biológico, la muerte termina pareciendo una solución administrativa.
Muchos creen que esa mentalidad murió con la derrota del nazismo, pero el mito malthusiano no desapareció. Solo cambió de máscara. Desde la segunda mitad del siglo XX se impuso el lenguaje de “planificación familiar”, “sostenibilidad” y “capacidad de carga ambiental”. El vocabulario se suavizó, pero la intención se mantuvo. Administrar vidas como si fueran mercancía.
China es un caso paradigmático. Entre 1979 y 2015, la política del hijo único se aplicó con vigilancia estatal, multas y prácticas coercitivas, incluyendo abortos y esterilizaciones forzadas. Se justificó como sacrificio “por el bien común”, pero hoy China enfrenta una crisis demográfica severa, con envejecimiento acelerado y desplome de nacimientos. India, a su vez, fue blanco de programas de control poblacional. Uno de sus efectos más perversos fue el aborto selectivo por sexo, que llevó a la eliminación masiva de niñas por el simple hecho de no ser varones. En América Latina, la misma lógica se aplicó mediante esterilizaciones forzadas, como ocurrió en Perú bajo el régimen de Alberto Fujimori, donde miles de mujeres, muchas indígenas y campesinas, fueron esterilizadas sin consentimiento real, bajo el argumento de “reducir la pobreza” reduciendo nacimientos.
El mito de la sobrepoblación también encontró eco en instituciones multilaterales. Redes de cooperación internacional han promovido políticas de “salud reproductiva” que, en la práctica, priorizan el aborto y la reducción de natalidad en países pobres, condicionando el financiamiento a la adopción de programas demográficos. Bajo un discurso de derechos, se instala una agenda destructiva.
Por eso, el mito malthusiano no es un error académico inocente. Es una ideología que ha servido para justificar atropellos, coerción y desprecio por la dignidad humana. No existe sostenibilidad sin personas. No hay progreso real cuando la vida se trata como una variable a reducir. Las sociedades que no tienen hijos desaparecen.
Y aquí la discusión deja de ser demográfica y se vuelve moral. Juan Pablo II lo advirtió con claridad en Evangelium Vitae. El mundo moderno libra una batalla entre la cultura de la vida y la cultura de la muerte, entre la civilización que protege al ser humano por su dignidad intrínseca y aquella que lo descarta cuando estorba. Frente a esa tentación, la respuesta no puede ser más control, sino más fe en el valor sagrado de cada vida, con familias fuertes, capaces de mirar el mañana con esperanza, no con miedo.
