Manolo Pichardo
Especial para elCaribe
El día quince de este mes posteé en mi cuenta de X un mensaje en el que daba mi parecer sobre situaciones que se presentaron en el denominado Clásico Mundial de Béisbol, al que titulé: “¿Un lado oscuro del Clásico Mundial de Béisbol?”. Al igual que en el título, una interrogante me sirvió de entrada: “¿Será que el Clásico Mundial se está volviendo demasiado brillante y por eso intentan bajarle el tono?” Seguidamente expliqué mi duda anotando: “Resulta curioso -por no decir fascinante- cómo las ‘restricciones’ de la MLB parecen ensañarse quirúrgicamente con el roster dominicano”. (Luego me enteraría de que también pasó con otros equipos). Y continué: “Si se confirma que las ausencias de Luis Castillo, Framber Valdez y Christopher Sánchez -asalariados de los organizadores que también compiten en el torneo- no son más que un bloqueo estratégico, estaríamos ante un boicot disfrazado de burocracia. ¿Y qué decir de esa flexibilidad creativa con las reglas a mitad de camino?”.
En mi reflexión sobre estas extrañas situaciones, mi cuestionamiento continuaba: “¿Es un torneo de élite o un guion escrito para que el anfitrión -juez y parte- no pase sustos?”. Afirmaba que, “si estas decisiones responden a favoritismos y no a la logística, la credibilidad del evento va camino al mismo lugar que una bola de foul”. Entonces remachaba: “Uno quiere ser optimista y separar el deporte de las mañas políticas, pero se esfuerzan tanto en ponérnoslo difícil que la desconfianza parece la única opción”. Y finalicé con la siguiente interrogante: “¿Es naturaleza o simple falta de elegancia al tomar atajos?”. Las bolas cantadas como strikes en el juego escenificado el domingo entre República Dominicana -hasta ese momento invicto- y Estados Unidos se sumaron a los movimientos quirúrgicos; solo que esta vez la cirugía no fue con bisturís, sino con machetes sin filo.
Uno especula -con la libertad que hace volar la imaginación alimentada por hechos sospechosos- que el Mundial se concibió como un safari deportivo sin mayores pretensiones. Sin embargo, al alcanzar relevancia, el organizador y hacedor de las reglas (que participa con su propio equipo) ya no se podía dar el lujo de ver a un Japón con 4 títulos mientras otras potencias regionales amenazan su hegemonía. Entonces, tratándose del actor, se ponía en juego el “poder blando”, tan necesario para equilibrar el “poder duro”, ya que para este no basta el blanqueo de los medios de comunicación y la industria del espectáculo -como el cine- para hacernos creer que Vietnam perdió la guerra y que durante ella no hubo bombas de napalm, ni existió la masacre de My Lai; para vender la idea de que cerca de mil bases militares en el mundo, decenas de intervenciones armadas y golpes de Estado responden únicamente al interés supremo por la democracia y los derechos humanos.
El deporte es un efectivo instrumento geopolítico del “poder blando”. Por ello, en mi más reciente libro, “El desplazamiento del poder global”, le dediqué un espacio en el capítulo “El desembarco cultural”, bajo el subtítulo “La hegemonía a toda costa”, en el que me hice eco de los cuestionamientos que medios internacionales hacían al criterio usado por sus pares estadounidenses para ordenar el medallero de las Olimpíadas pasadas. Ocurre que el país que ocupa el primer lugar es el que acumula más medallas de oro; en aquel momento, China encabezaba la tabla oficial. Sin embargo, para forzar una realidad distinta a la tradición histórica, algunos medios alteraban el orden sumando el total de medallas para colocar a EE. UU. en la cima.
En el caso del torneo de béisbol organizado por la MLB, el “poder blando” se expresa mediante una jerga de dominación: “El mejor béisbol del mundo” o, lo que es más absurdo, denominar a la final de su torneo local como “Serie Mundial”. Todos los equipos son de un mismo país (con excepción de la franquicia canadiense), por lo que año tras año el campeón mundial es, convenientemente, ¡Estados Unidos! No es algo ingenuo: el éxito de los atletas de una nación se asocia directamente con la superioridad de su sistema político, educativo o económico. Incluso el uso del gentilicio “americano”, un despojo simbólico al resto de los 34 países soberanos del continente es parte de esta estrategia de seducción y dominio.
La cuestión reputacional incide de manera determinante en el poder de un país. Por ello se entienden los esfuerzos de Estados Unidos por mantener su estatus como líder en “poder blando”, especialmente ahora que China le pisa los talones, pues de acuerdo con el Global Soft Power Index (GSPI) 2026, la diferencia es ya de apenas 1.4 puntos (EE. UU. con 74.9 y China con 73.5), debido a una menor confianza global en la gobernanza estadounidense.
